Siete vocablos. Sólo siete: Traición. Angustia. Pecado. Egoísmo. Esperanza. Dolor y  muerte. Éstos son los términos que necesita Alejandro González Iñárritu para definir el amor en Amores perros (2010), opera prima del realizador mexicano que nos invita a reflexionar sobre lo inhumano y lo divino, y que descubre lo más profundamente despiadado de los individuos sin ofrecer ninguna redención. Tan solo amor y muerte a quemarropa.

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Imagen de Amores perros (2000), producida por Altavista Films y Zeta Film, distribuida en España por Filmax International. Todos los derechos reservados.

Tener veintiún millones de habitantes y una de las más sorprendentes industrias cinematográficas imprime carácter. Si a ese México D.F. se le suma la perspicaz mirada de un realizador cismático, la influencia de Baz Luhrmann, el barroquismo estilístico suburbial y el amor vehemente y en ocasiones naïf, encontramos una película extraordinaria, desmarcada y de corriente alterna, que pese a todo enclava hondamente sus raíces en la cultura mexicana. Amores perros es, ante todo, la perturbadora historia la humanidad, las interconexiones que nos unen y nos eliminan; las opciones que tenemos y que elegimos no escoger o que escogemos tarde, cuando ya no debemos ni sirven, y que tan sólo desembocan en más opciones fallidas, en muerte y decadencia. Escrita por Guillermo Arriaga, guionista de Babel y 21 gramos, Amores perros propone un juego metafórico, una constante contienda entre el grande y el chico, en la que pierden el chico y el grande. A todos los niveles. En todos los estratos. Para observarlo nos detenemos en la vida de cuatro  personas, unas personas unidas, como todas, por la existencia común en un espacio diáfano pero asfixiante, en el que todos se mueven por amores y en el que sólo encuentran perros.

En esta lucha de gigantes, tema de Nacha Pop que enhebra la trama, descubrimos a Octavio (Gael García Bernal) joven que malvive en un arrabal con su madre, su hermano Ramiro y su cuñada, la también adolescente Susana (Vanessa Bauche). Cohibidos por la violencia de su entorno y la que ejerce Ramiro contra ellos, Octavio y Susana serán cómplices y compañeros, a pesar de que su relación sea hostigada y sofocada por sus familiares. Este peligroso triángulo desembocará en el perpetuo intento de fugarse a toda costa, aunque para ello haga falta dinero, mucho dinero. Así Octavio decidirá introducirse en el mundo de las peleas ilegales de perros, empleando a su rottweiler Coffee para conseguir su fin. En todos los sentidos. Un disparo y una persecución automovilística precipitarán un accidente con drásticas consecuencias.

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Imagen de Amores perros (2000), producida por Altavista Films y Zeta Film, distribuida en España por Filmax International. Todos los derechos reservados.

Valeria (Goya Toledo), es una espléndida modelo. En la cima de su carrera, Valeria no puede aspirar a más. Es imagen de una importante marca de cosméticos, su pareja ha decidido abandonar a su mujer por ella y estrena piso, un flamante apartamento a donde irá a vivir con Daniel (Álvaro Guerrero) y su pequeño perro Richie. Pero la contrapartida de este cielo se presentará en su particular infierno, un infierno que con un fortuito accidente de tráfico no hará sino comenzar. La simbólica y angustiosa pérdida de Richie y las secuelas del terrible accidente contribuirán a demostrar que no hay que ir muy lejos para descender al averno.

Será allí precisamente donde se instala “El Chivo” (Emilio Echevarría), un antiguo profesor universitario que un día decidió hacerse guerrillero, abandonando su anterior vida y con ella a su familia; tras años de degradación física y moral, la chabola en la que vive con sus perros le servirá de refugio del mundo real y de toda sospecha, ahora que se ha convertido en un asesino a sueldo. Todo cambiará cuando sea testigo de un terrible accidente de tráfico y un perro moribundo, Coffee, llegue a su vida. Será entonces cuando la petición cainita de un cliente le lleve a redimirse con su pasado, con su presente y también con su futuro.

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Imagen de Amores perros (2000), producida por Altavista Films y Zeta Film, distribuida en España por Filmax International. Todos los derechos reservados.

Alegórica y sucia, orgánica y dolorosa, Amores perros cumple la premisa de su guionista de hacer sentir “el dolor, la confusión, la tristeza, la alegría, el naufragio y la esperanza de la vida misma”. Una película que encumbró a un cineasta desde entonces de cabecera, González Iñárritu, y que le permitió, en palabras del propio director  exorcizar su “terrible miedo a la ordinaria experiencia humana”. Su cámara vibrante, su montaje cortante, sus personajes vivos y palpitantes, y su México angustioso, incierto y frágil, hilan de manera insospechada una historia no exenta de denuncia, con temas tan dispares y complejos como el alcoholismo, la violencia machista, la ilegalidad, la muerte y la decepción que supone ser humano y no comportarse como tal. Una película incómoda pero subyugante, de la que resulta tan difícil sustraerse como de un terrible noticiario donde la humanidad, en su peor vertiente, queda desnuda ante la mirada impávida del espectador que se repugna y se identifica. Una historia bella, no per se sino por la valentía de quien muestra la vida tal y como es, y que le granjeó al director mexicano once premios Ariel, un Bafta y el Premio de la Crítica del Festival de Cine de Cannes, amén de la obligada nominación a los Premios Oscar de 2000.

Una película áspera, cruel y despiadada en la que se muestra el peligro de la peor de las adicciones, la del amor que en manos de Iñárritu y Arriaga se vuelve tan perro como la vida misma.

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