Siempre me preguntan por qué me gusta el cine, por qué entregarle tanta energía a 24 fotogramas por segundo o por qué después de tantos años, sigo idolatrando una industria que algunos han dejado de considerar arte y que ya no suscita fascinación. Es cierto, debemos ser pragmáticos, ser cabales, olvidar la invención. Decía David Trueba que no entendía por qué hordas de realistas se ofendían porque él se dedicara a describir lo ficticio, a crear mundos ilusorios, “con lo interesante que es la realidad”, le inquirían. Será por algo. Porque la realidad, ese ente magnífico por el que nos guiamos, que tiene nombre, meridianos, husos horarios, demarcaciones y además devenir, es lo que debe situarnos, lo que tiene que primar. Para qué la ficción, para qué la irrealidad. Se popularizó durante la segunda revolución francesa, el paradigmático mayo del 68, la imbatible aseveración “seamos realistas, pidamos lo imposible”. Pero ya hemos crecido, ahora somos mayores, ya pechamos sin acritud con la realidad, con esa áspera sensación de carraspeo de garganta, de licor fuerte, de puro, corbata y tirantes. Somos muy grandes, no podemos fantasear, odiamos la ficción. Que se acabe el cine, ahora lo que prima (de riesgo) es descargar ilegalmente, es abandonar las salas, es afligirse con la crisis, es dejarse llevar. Abramos simplemente el periódico pero cerremos la boca, leamos sin contemplación: “uno de cada cuatro hogares españoles está en riesgo de pobreza”, qué bochorno; “uno de cada cinco usuarios compra artículos publicitados en Facebook”, qué importante; “uno de cada cinco cánceres se da en personas que ya han superado otro tumor” qué alentador; “solo uno de cada cuatro grandes dependientes reciben atención en residencias”, qué esperanza; “empeoran los menús escolares: uno de cada tres centros españoles suspenden”, magnífica información.

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Pero no nos quedemos con el mal sabor de boca de la tinta impresa, vayamos a las ondas, la radio no ha antecedido al cine pero siempre será mejor que la ficción: “uno de cada cuatro niños vive por debajo del umbral de la pobreza”, horrendo; “uno de cada cuatro niños tiene sobrepeso”, paradójico; “uno de cada cuatro fumadores ha roto una relación sentimental por culpa del tabaco”, sin redención; “uno de cada tres niños de 4 años ya “maneja” el ordenador” consolador; “el dolor crónico afecta a uno de cada cinco españoles”, tranquilizador; “uno de cada seis casos de cáncer en el mundo se debe a infecciones”, alentador.

Las ondas no funcionan, mejor acudamos a la televisión, ese ente hermano menor aunque aventajado del cine, cuya visión redime cualquier ficción: “uno de cada tres trabajadores menores de 34 años está en paro”, perfecto; “uno de cada cinco jóvenes que trabajan teme perder su empleo”, magnífico;  “uno de cada cinco fallecidos en la carretera es motorista”, superlativo; “uno de cada cinco coches se saltó la ITV el año pasado” estupendo; “uno de cada 3 adultos sufre hipertensión” maravilloso; “uno de cada dos españoles cree haber perdido libertades” extraordinario;“violan a uno de cada diez presos en EE. UU.”, majestuoso; “uno de cada cien españoles son celíacos”, genial. Qué macabra coincidencia la de aquel que extienda el grueso de varias estadísticas, el que combine varios males, aquel a quien la realidad se le atragante y no le quede más remedio que resguardarse en la fábula, en la invención.

El cine ha muerto, señoras y señores, por fin hemos matado la imaginación. Ya sólo prima (de riesgo) la realidad. Los sueños, y por ende su fábrica, ya no son importantes en nuestro mundo. Argüirán más tarde, con descaro y superioridad, que “uno de cada 4 españoles padecerá una enfermedad mental a lo largo de su vida”, sin entender que con semejante retahíla de noticias, sólo se pueda estar a salvo en la siempre libertadora irrealidad.

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