Noche de sábado en una estrecha calle del centro. Un conductor se dispone a estacionar en línea. Detrás de él dos vehículos esperan a que termine sus maniobras: el de una mujer y el mío. La noche es asfixiante y, aunque la música me distrae de los desatinos del joven, no puedo evitar fijarme en que está colocando su coche perpendicular a la fila, casi aparcando en batería. Su juicio se anula, comprendo, y el calor no ayuda. Se queda paralizado. Detrás de mí la cola se va haciendo ya interminable y, aunque ni la mujer ni yo nos mostramos impacientes, el chico se colapsa. Del coche de delante sale la conductora y, con una expresión misericorde, indica al joven que le ceda el volante. Maniobra hacia la derecha, se coloca hacia la izquierda, el coche ya está aparcado. Este acto cotidiano y hasta reflejo, resulta sorprendente para muchas personas. Una mujer dando lecciones de conducción a un hombre, qué osadía y qué barbaridad. Instalados en lugares comunes, nos parapetamos en unos estereotipos que no se ajustan a la vida real, pero a los que todos recurrimos. Es más fácil creer que las mujeres nunca pueden demostrar competencia en territorios vetados para ellas, que ninguna intente hablar de bujías o de neumáticos, el paternalismo inundará al interlocutor y de su rostro emergerá una escamante expresión de condescendencia. En verdad esto ocurre en muchos ámbitos: ingeniería, literatura, doctorado, el día a día de sus profesionales implica una lucha contra ese juego de roles en el que todos participamos.

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Imagen de La mujer del año © 1942 Metro-Goldwyn-Mayer (MGM). Distribuida en España por Warner Bros. Home Video. Todos los derechos reservados.

Esto me recuerda, como a cualquiera que haya tenido ocasión de verla, a la célebre película de George Stevens La mujer del año (1942). En ella Katharine Hepburn interpreta a Tess Harding, una insigne periodista política que se enamora del reportero deportivo Sam Craig (Spencer Tracy). En el que fue su primer título juntos, Hepburn y Tracy jugaron el rol que mejor sabían, ella el de una mujer culta y cosmopolita, emancipada de toda convención social; él el de un hombre tradicional, apegado a las categorías establecidas, enamorado del torbellino energético de Hepburn pero más interesado en el reto de domarlo que en el de adaptarse a él. La combinación explosiva de ambos, no solo dio lugar a una de las parejas más carismáticas de la historia del cine, sino a una serie de películas que no dejaban lugar a la duda. Era Hepburn, con todo su potencial, la que debía acoplarse a lo socialmente convenido, mostrando que además de escribir, de analizar la situación política, de hablar varios idiomas y de ser brillante, debía poseer las cualidades propias de su rol, preparándole un desayuno al gusto de su marido y aprendiendo a manejar los entresijos de la habitación que le estaba encomendada: la cocina. En casi todas las películas de Hepburn se explota esta faceta insumisa de la actriz, siempre al volante de sus coches, siempre en primera línea de la acción, pero en todas ellas al final se observa una transformación casi redentora de ese atrevimiento ‘insurrecto’. Incluso en Historias de Filadelfia, Tracy Lord debe transigir y reconocer que se siente más mujer que nunca al ser caritativa con un padre promiscuo y un marido negligente.

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Imagen de La costilla de Adán © 1949 Metro-Goldwyn-Mayer (MGM). Distribuida en España por Warner Bros. Home Video. Todos los derechos reservados.

Katharine Hepburn siempre defendió su autonomía, y en verdad su vida fue muy distinta a la de sus coetáneas, incluso distinta a la de muchas mujeres actuales, con sus arrestos, su tono desafiante, sus vestimentas andróginas cuando no directamente masculinas, y su porte aristocrático y deliciosamente altivo. Todo aquello le otorgaba un estatus distintivo en el que a ella, y solo a ella, se le permitía trasladar a la gran pantalla su particular batalla contra los roles.

Y hele aquí, en pleno siglo XXI, con tantas cruzadas perdidas y unas cuantas guerras ganadas, que en medio de una calle de dimensiones medievales, un chico al que apenas sacaré tres años de edad me recuerda que la lucha no ha hecho más que empezar. Qué más da los embrollos en los que los roles nos hayan metido, pienso mientras salgo de aquel embudo, lo importante es subir de nuevo al vehículo, enderezar el volante, sacar el coche fuera, ejecutar dos maniobras y lograr aparcar.

2 comentarios

  1. Mery Weather 12 agosto, 2015 at 2:13 pm

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    Buen artículo Lucía, grandes verdades que tristemente me temo sólo a nosotras, las mujeres, nos hará pensar, incluso recordar…
    Bien traída a colación Hepburn, esa rebelde y revolucionaria en quien deberíamos fijarnos más.

    • Lucía

      Lucía 24 agosto, 2015 at 9:37 am

      Responder

      ¡Muchísimas gracias, Mery Weather! Qué sería de esta revista sin ese espíritu indómito de Katharine Hepburn que también nosotras compartimos. Solo hay que echarle un vistazo a tu sección para saber que Hepburn sigue viva en Todo Es Cine.

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