En el cine no existen normas, ni axiomas, tan sólo indicaciones técnicas, purismos y algunos usos y costumbres. Pura ley consuetudinaria, herencia bárbara. Pero al igual que nuestras leyes, todas ellas emanadas del derecho romano, también la tradición latina ha dado sus propios estatutos al cine universal. Una de esas pautas inalienables adquiere todo el sentido en el cine italiano: la comedia siempre se alimenta de la tragedia. Y es así que en el seno de la Italia más profunda, nació lo que se acertó en llamar Commedia all’italiana, un tipo de cine sediento de contento y ternura que en su versión anglosajona se llegó a denominar Pink neorealism. Y hablamos en términos de neorrealismo porque al albor de este fenómeno sin parangón en la industria cinematográfica, nació asimismo un hermano gemelo, siamés para ser sinceros, que optó por mostrar la realidad de una manera menos áspera y menos bronca.  Los elementos constitutivos del neorrealismo y de la comedia a la italiana son comunes, nacidos en un país de compañías de cómicos, de romerías, de milagros humanos, de ruinas de la guerra, de desigualdad corrosiva. También en la comedia existían los ingredientes del neorrealismo, ese cine de patio de luces, de zapatos ajados y americanas desvencijadas, de colas en comedores públicos, de perros abandonados y de fiebre y desvelo. Aunque fue muy criticada, gozó del apoyo del público, cansado de tanta realidad y necesitado de una vía de escape, la efímera idea de que el drama también puede interpretarse en clave cómica.

pan amor y celos en todo es cine

Pan, amor y fantasía (1953, Luigi Comencini). Derechos reservados a su distribuidores y/o productores

Lo curioso, y de ahí su genialidad, es que los intérpretes, los realizadores, el contexto y la tipología social de ambos estilos cinematográficos, se mantenían intactos. Era la misma miseria vista desde la cara B, desde una perspectiva más venial, más irónica aunque igualmente doliente. Aquí nacieron artistas como Totò, Alberto Sordi, Vittorio Gassman, Marcello Mastroianni, Nino Manfredi y Giancarlo Giannini, así como las magníficas Sofia Loren, Monica Vitti, Claudia Cardinale o Gina Lollobrigida.

Y entre las fauces de los críticos que pronto pusieron el grito en el cielo por un cine esquirol contra los parámetros neorrealistas, también desfilaron los realizadores que hicieron gala de un gusto inconmensurable y un arte inteligente, como lo son Dino Risi,  Lina Wertmüller, Mario Monicelli o Luigi Comencini. Y como los últimos serán los primeros, es precisamente Comencini quien elevó a categoría de masterpiece a la comedia italiana en la década de los años cincuenta, un arquitecto sobresaliente que se inició en el neorrealismo, quien como otros muchos, supo que diseñar con luz y sombras le seducía más que trazar líneas y realizar planos.

De él precisamente son los dos filmes paradigmáticos de la época, los cuales entregaron al espectador el júbilo de la inocencia, la candidez de un país que había sucumbido menos a las sonrisas que a las lágrimas. Y lo hizo, paradójicamente, valiéndose de uno de los mejores realizadores del neorrealismo, Vittorio De Sica, emblemático director de El ladrón de bicicletas, Umberto D o Dos mujeres, que en su papel de seductor irredento roza la deidad cinematográfica.

BUONGIORNO ITALIA, BUONGIORNO MARIA
Al igual que Toto Cutugno y su Lasciatemi cantare, con Pan, amor y fantasía (1953), Comencini no sólo obtuvo el favor del público, sino el reconocimiento oficial, alzándose con el Oso de Plata del Festival de cine de Berlín en 1954. Esta célebre saga, que seguirá con Pan, amor y celos (1954, también de Comencini), Pan, amor y… (1955, Dino Risi) y finalmente Pan, amor y Andalucía (1958, Javier Setó), daba comienzo en los caminos de una villa imaginaria de montaña, Sagliena. Allí irá destinado el Comandante Mayor Antonio Carotenuto (De Sica), jefe de los Carabineros natural de Sorrento, que pronto descubre que en Sagliena nunca pasa nada. Atractivo en su madurez y soltero empedernido, de sí mismo llegará a decir “soy un hombre de familia aunque no la tengo”, comenzando a buscar posibles esposas en las apáticas jornadas de la población. La tarea excede con mucho las expectativas del carabinero, cuando se da cuenta de que las mujeres de su comunidad son el colmo de la senectud, todas salvo dos que llaman su atención, la comadrona Annarella (Marisa Merlini), y la joven y despreocupada leñadora María ”Frisky” (Gina Lollobrigida), una chica descalza, honrada y sensual para su desgracia, que atrae a todos los varones que le rodean y que tan sólo es comprendida por el párroco don Emidio (Virgilio Riento), quien le entrega el cepillo de la iglesia ante el temor de que se pierda del todo.

pan amor y fantasia

Pan, amor y fantasía (1953, Luigi Comencini). Derechos reservados a su distribuidores y/o productores

Carotenuto se hace cargo de la situación de pobreza del pueblo, descubriendo que su población apenas come pan a secas, acompañado de alguna que otra fantasía para sobrellevar las largas jornadas en las que “descansar es mejor que comer”. Como James Stewart en La ventana indiscreta, empleará su pequeño balcón para divisar desde él los movimientos vespertinos de Annarella, mientras vigila de cerca en las mañanas a la bella Frisky, a quien asedia con su verbo enrevesado. Nadie parece sucumbir a su carisma salvo su doncella Caramella (Tina Pica), una sexagenaria atípica, entregada a la causa carabinera quien tiene a bien servir a la patria con sus atenciones a la Benemérita.

Los constantes conflictos surgidos en la villa no harán sino comenzar con la llegada del Comandante, cuando confunda el temperamento visceral de la leñadora con claras intenciones amorosas. Cuando ésta se confiese su amor por otro carabinero, el agraciado Pietro (Roberto Risso), Carotenuto desistirá de rondar a la joven, orientando su efusividad desmedida hacia Anarella, quien complicará aún más el sainete al revelarle la existencia de un hijo previo, niño al que ha dejado al cuidado de un ama de cría en Roma. Al ser conocedor de esta circunstancia, la cual contraviene la normativa carabinera, Carotenuto decidirá escribir a la Comandancia y abandonar por siempre Sagliena y la Benemérita, entregándose por primera vez en su vida, al compromiso de amor con una mujer.

RICOMINCIAMO

Como apuntaba la célebre melodía de Adriano Pappalardo, en Pan amor y celos la vida amorosa de los habitantes de Sagliena vuelve a comenzar. La verbena de san Antonio ha finalizado, y con la mañana también llegan las promesas hechas la noche anterior. Con lentitud la villa se despereza de su resaca verbenera, encontrándose Carotenuto en la obligación de redactar su carta de renuncia. Simultáneamente, Frisky y Pietro continúan su noviazgo con un obstáculo, la disciplina benemérita impide a los oficiales tener pareja en la zona en la que se instruyen, por lo que tendrán que esperar veinte meses para que él regrese, y puedan así hacer oficial su compromiso. Sin embargo, y a pesar de las advertencias de María, Pietro comete el error de solicitarle a Carotenuto la protección y tutela de su prometida durante su ausencia, hecho que la leñadora interpreta como una amenaza al tratarse del oficial que incluso la detuvo para estar más cerca de ella. Pero ahora los tiempos han cambiado, para Carotenuto sólo existe Anarella, ella y su hijo Octavio, un niño impulsivo, aficionado al fútbol con las canillas del comandante que no admite a Antonio como padre, sino como abuelo. Para mayor complicación, la leñadora es contratada como doncella en casa del comandante, ante los males de su madrina Caramella, quien padece “el molinillo”, una suerte de vértigos que sólo le sobrevienen en vísperas de terremotos. Dos nacimientos nuevos en Sagliena, dos bautizos, una compañía ambulante de artistas, un baile “a la americana” con Frisky, y celos, muchos celos, complicarán la vida de esta pequeña villa. Por celos precisamente, Pietro abandona su compromiso con María y regresa a Sagliena; por ellos, María intenta devolverle el golpe a las malas lenguas y olvidar su amor en la compañía de artistas Arena Edén; por celos el padre natural de Octavio regresa a la aldea y, por celos, Anarella huye sin el comandante. Con un terremoto, un providencial y ruidoso terremoto, se darán por concluidos los enredos amorosos de María y Carotenuto.

Aunque a estos dos filmes de «Pan y amor» le siguen otros tantos, ninguno de los subsiguientes consigue superar a los de Comencini en profundidad. Una saga de cine comprometido y real, con ribetes de contento y júbilo, sin mayores anhelos que los de aportar luz y felicidad a una población con motivos para quejarse, pero mayores ganas de divertirse. Todo un ejercicio de actuación desmedida y prototípica de la Commedia all´italiana, con esos aspavientos excedidos de De Sica confesando que el amor ya no es para él, sus ademanes también muy propios, en un género que él conocía bien y que además dominaba, y que pese a todo no le impedía ascender en serenidad y mesura hasta ser el general De la Rovere, todo un artista ganador de tres Oscar que nunca ha sido reconocido en su justa medida. Y con él una Gina Lollobrigida natural, espontánea y franca como pocas veces, en un juego de vodevil perspicaz y distraído, que demuestra que la crítica no está obligatoriamente entroncada con la crueldad.

Una saga en la que dentro del pan sólo hay sueños, y en la que la escasez no implica carencia de fantasía, al igual que la vida dramática no impide, en la generalidad de los casos, una visión de comedia… De comedia la italiana.

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