“Nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira”. Así glosaba Ramón de Campoamor la arbitrariedad de los juicios de valor, tan sujetos, como casi todo, a los antojos del ser humano. Tan certero como el poema del autor asturiano, es que cada uno tiene un gusto particular, un gusto caprichoso, mudable y tremendamente personal que nos empuja decantarnos por según qué cosas, cada cual las suyas propias. Los hay más de Martin Scorsese o de Jane Campion; más de Brian de Palma o más de Nancy Meyers. También existen personas que prefieren a Wagner, que se pliegan ante Mozart, que palpitan con Beethoven, o que disfrutan con todos ellos, cinematográficos y operísticos, uniendo ambos mundos, juntos los dos. Este es mi caso, para bien o para mal, con todo lo intangible y además fortuito que tiene la conformación del propio gusto. Confesaré, por recurrir a lo más cercano, que desde mi adolescencia me ha gustado un aria para otros más bien plana que, sin embargo, eriza cada vello de mi piel. La descubrí en la voz de Pavarotti y, desde entonces, sucumbo ante unas letras que se anclan tan en el fondo de mi alma, que solo puedo compararlo con la ingravidez que siento con ciertas películas, con algunos cuadros o con una determinada arquitectura. Su nombre es “Ch’ella mi creda”, un aria del tercer acto de La fanciulla del West (1910) de Giacomo Puccini. Por qué me sucede, lo desconozco, solo sé que esta versión de la obra teatral de David Belasco de 1910, ha sido esencial para mí. Quizá lo es por la raigambre cinematográfica del propio Belasco, un autor capaz de darle su nombre artístico a Gladys Louise Smith, conocida por todos los cinéfilos como Mary Pickford, y quien ha propiciado decenas de adaptaciones cinematográficas de sus obras.

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Imagen de The Girl of the Golden West – Copyright © 1938 Metro-Goldwyn-Mayer (MGM). Distribuida por Warner Bros. Archive Collection. Todos los derechos reservados.

Aunque como ópera La fanciulla del West ha sido una pieza fundamental de Puccini, no ha alcanzado ni por asomo la fama de La bohème, Tosca, Turandot o Madama Butterfly, esenciales para la historia de la música. Sí que es, no obstante, importante para los amantes del cine, porque siendo como es una gran ópera, tuvo su inicio en el séptimo arte como western silente, adaptado al inglés como The Girl of the Golden West, y fue capaz de conseguir que el gran Cecil B. DeMille (1915), Edwin Carewe (1923), John Francis Dillon (1930) o Robert Z. Leonard (1938) se enamoraran de ella, haciendo sus respectivas versiones. La historia no podría ser más cinematográfica. Minnie (en la última interpretada por Jeanette MacDonald), regenta un local en California durante la fiebre del oro. Allí han ido a parar cazadores de tesoros desde los confines de la tierra, que han encontrado en la cantina Polka, el único refugio a su soledad y nostalgia. Hasta allí llega Ramerez (Nelson Eddy), un antiguo forajido y amor de Minnie que, al verla de nuevo, revive el amor que nunca dejó de sentir por ella. Ambos se desean a pesar de que la aspereza del contexto y la rudeza de la sociedad, les obligan a estar separados. Pero ese encuentro, ese momento en que uno y otra se ven y se reconocen, remite incontestablemente a Casablanca, a pesar de que en esta ocasión la ciudad marroquí se sustituya por el Oeste americano, Rick´s trasmute su nombre en el de Polka, y que su amor no se limite al resignado “siempre nos quedará París”.

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Imagen de The Girl of the Golden West – Copyright © 1938 Metro-Goldwyn-Mayer (MGM). Distribuida por Warner Bros. Archive Collection. Todos los derechos reservados.

Tenía el personal convencimiento de que no éramos muchos los que encontrábamos sinergias entre cine y ópera hasta que, hace un par de años, conocimos en streaming a un autor que insistía en que fuéramos a la ópera en tejanos, que sabía que los clásicos maridaban bien con la actualidad y que homenajeaba al arte de forma atemporal. Ramón Gener fue sin duda un descubrimiento para quienes no sabíamos que los niños se dormían con el coro a “bocca chiusa” o que Victoria de los Ángeles le regalaría un disco que le cambiaría la vida.

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Imagen de Ópera en Texans – Copyright © 2013 Televisió 3. Corporació Catalana de Mitjans Auviovisuals, S.A. Todos los derechos reservados.

Cuando por fin habíamos conseguido asistir a la ópera en vaqueros, regresó a nuestras televisiones con This is opera, un programa en el que explica con sabiduría que, al igual que el amor, la música está en el aire, lo cual abarca desde una buhardilla a un monasterio, un bosque o la celebérrima librería de París Shakespeare & Co, aquélla en la que Jesse y Celine discutieron y pasearon su amor y que Gener, igual que antes Richard Linklater, nos vuelve a traer llena de letras y de música.

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Imagen de Antes del atardecer – Copyright © 2004 Warner Bros. Pictures International, Warner Independent Pictures, Castle Rock Entertainment y Detour Film. Distribuida en España por Warner Sogefilms. Todos los derechos reservados.

Mucho se habla de la pasión de sus palabras, la misma pasión que nosotros, cinéfilos irredentos, exhibimos en nuestras peroratas. Nuestros Wong Kar-wai, Kaurismäki, Truffaut o Wilder, son sus Bizet, Verdi, Rossini o Donizetti. También nosotros, los cinéfagos, sabemos bien de ópera; no en vano, cineastas como Woody Allen no dudan en aderezar sus cintas con enamorados pescadores de perlas, con payasos que anuncian el fin de la comedia, y con alusiones socarronas a invasiones de Polonia con ritmos wagnerianos.

El mundo del arte, de la pasión en último término, es universal y no excluyente. Es necesario que nos acerquemos a él del modo en que lo hacen los que más saben, con vigor, con efusión y con humildad. Porque el arte es un sueño y vive de la ilusión de quienes, como nosotros, nos declaramos soñadores.

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