El cine nos ha enseñado que existen caballeros sin espada, caballeros cuya gallardía, ese arte de ser gallardo, no está reñida con la humanidad. La diferencia entre ser o no ser, no es una cuestión, sino la valentía con que se afronte la peor de las situaciones. He conocido a pocos valientes pero a muchos menos caballeros.

Imagen de Río bravo (1959, Howard Hawks), producida por Warner Bros. y Armada Productions, distribuida por Warner Home Vídeo. Todos los derechos reservados.

Para quien se haya visto en el amargo trance de aguardar en una sala de espera, sabrá que es uno de los lugares más yermos y fríos que existen. El tiempo y su velocidad deciden allí discurrir a su libre antojo, y lo entonces frívolo, llámese vestimenta, apariencia o cansancio, sucumben ante el apremio de asumir grandes dosis de templanza y fortaleza. “Aguanta, un poco más, aguanta”, dices para tus adentros sin la ronca voz de Najwa Nimri en Los amantes del Círculo Polar, aunque también se desee susurrar “valiente, valiente” a través del espacio e incluso el tiempo. “Aguanta”, sigues rogando al dios que los personajes de Isabel Coixet invocan, aunque no sepan a qué ni a quién dirigen sus ruegos. Pero lo pides, aguardas, te agazapas, desapareces. Piensas en todo cuanto esa persona significa para ti, lo olvidas porque duele, pero sigues rogando que todo salga bien. Mencionaba José Luis Garci lo mucho que envejece un niño durante una tarde de domingo, pero una operación, para el que la padece y para el que aguarda, se convierte en una versión extendida de un tedioso domingo. Cuánto se envejece en una sala de espera.

Decides entonces leer a Henry James aunque pronto comprendes que la lectura debería haber sido diferente; quién hubiera elegido un cuento en el que la protagonista muere. Un vuelco trastoca tu alma mientras piensas, con la quimera de los ilusos, que todo va a salir bien. De repente, movimiento, médicos, trajín. A tu mente acude aquella vieja película olvidable pero no olvidada de John Hughes, La loca aventura del matrimonio (1988), en la que una gota de sangre cae ralentizada sobre el suelo de un quirófano. Una gota, una espera, una habitación fría, una habitación de hospital. Te preguntas por qué teniendo la misma raíz y distinto significado, en verdad hospital e inhóspito te parecen sinónimos, sus batas verdes, sus pasillos vacíos, sus ventanas infinitas.

Imagen de Mi vida sin mí (2003, Isabel Coixet), producida por El Deseo S.A., Milestone Entertainment, Antena 3 Televisión, Vía Digital, Alliance Atlantis Communications, Province of British Columbia Film Incentive BC, Canadian Film or Video Production Tax Credit (CPTC), Cavco Worldmark, Movie Network, The  Astral Media, Super Écran, Movie Central, Corus, Miss Wasabi, My Life Productions Inc. Distribuida por Filmax en España. Todos los derechos reservados.

Súbitamente, cuando el deseo se convierte en esperanza y la esperanza en diagnóstico, surgen complicaciones, “le quedan horas de vida”, te dice quien hace su trabajo y con él te ofrece un trago acre que no podrás olvidar: “Pero qué se hace en unas horas de vida”, repasas; “ya no sabrá los resultados del partido que quería haber escuchado; ni volverá a pasear por la ciudad como él hubiera querido; ya no conocerá a mis hijos, ni a mí, ni a la que seré. Ya no será”. Demasiado que compartir para disponer tan sólo de unas horas. Pero no te derrumbas, ni te desesperas, sino que piensas en algo trivial, algo que te recuerda que a él el cine le salvó la vida, que se escapaba de niño para ver sesiones dobles, que se arrancaba la corbata en el tranvía y que no se la ponía hasta regresar a casa, cuando dejaba en la mano de su madre dormida una bolsa de avellanas compradas en la sala de cine.

“Qué cama más incómoda”, recuerdas haber escuchado noches atrás, cuando tu abuelo, valiente caballero, ingresó en el hospital, “la almohada está alta, altísima”, pronuncia justo antes de que te dieras cuenta de que la prodigiosa camilla patentada por el cineasta Howard Hughes, obliga al paciente a estar semierguido y en verdad incómodo. “Ahora entiendo cómo debían sentirse los vaqueros en el Oeste cuando, echados a la intemperie, dormían sobre las sillas de sus caballos”, menciona mientras rememora millares de títulos western que ha visto y tú has compartido, con todos los John Wayne, Gary Cooper y James Stewart de la historia: “yo también voy a dormir como ellos, así, sobre mi silla de montar, mirando las estrellas”.

Imagen de Centauros del desierto (1956, John Ford), producida por Warner Bros., y C. V. Whitney Pictures, distribuida por Warner Home Vídeo. Todos los derechos reservados.

Y es entonces, mientras piensas con impotencia en todo lo que no hiciste o él no hizo, cuando comprendes que la existencia, aunque perversa, merece la pena. Porque hay caballeros que eligen hacer que la vida cuente, que los malos momentos se conviertan en buenos recuerdos, y que no duermen en la cama de un hospital sino que se recuestan sobre su silla de montar para más tarde, sin hacer ruido ni causar molestias, desaparecer  en silencio mirando las estrellas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *