“Está vivo. ¡Está vivo!” fueron las cuatro palabras que James Wahle necesitó para convertir su filme en una de las películas más terroríficas de todos los tiempos. Con Frankenstein (1931), no sólo asistimos a la encarnación cinematográfica de la criatura de Mary Shelley, sino al comienzo de una imaginería emblemática que para siempre quedaría ligada al cine de terror.

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Imagen de Frankenstein (1931) producida por Universal Pictures. Todos los derechos reservados

Pero todo ello comenzó antes, mucho antes del nacimiento de la obra teatral de Peggy Webling en la que se basa el argumento; todo dio comienzo en 1818, cuando fue publicada la novela gótica de Shelley Frankenstein o el moderno prometeo, cuyas implicaciones morales y filosóficas le granjearon el privilegio de constituir una de las primeras novelas de ciencia ficción -sin obviar Somnium (1634) de Johannes Kepler-. Y es que Frankenstein fue concebida de la manera más inverosímil, en una sesión de puro espiritismo literario que constituyó un punto de inflexión para la literatura universal. En la Villa Diodati, allá por 1816, los jóvenes Mary y Percy Shelley, acompañados por Lord Byron y John William Polidori entre otros, dieron rienda suelta a la imaginación en una noche intempestiva en el que no sólo vería la luz la criatura de Shelley, sino El vampiro de Polidori. A orillas del lago Leman, esta villa suiza que había sido cobijo de Rousseau o Voltaire, fue testigo de una nocturna fantasmagoría en la que los cuatro amigos dieron forma a sus historias más temidas acerca de la muerte y el principio rector de la vida. Fue entonces cuando Lord Byron retó a los convidados a elaborar una historia de terror, a cual más espantosa. Sin embargo, no fue hasta días después, resultado de una terrible pesadilla, que Mary Shelley encontró su fuente de inspiración: un ser del inframundo traído a la vida que le acechaba desde la oscuridad. Aquel “espectro que ha visitado mi almohada a media noche” estaba vivo. Frankenstein había nacido.

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Imagen de Frankenstein (1931) producida por Universal Pictures. Todos los derechos reservados

Si bien la mejor película en torno a aquella noche de prolífica creación literaria es la española Remando al viento (1988, Gonzalo Suárez), con Hugh Grant, Elizabeth Hurley, José Luis Gómez, no podemos sino admitir que la encarnación más pura y fiel del monstruo del doctor Frankenstein es el filme de James Wahle, una película esteticista, con clara influencia del expresionismo alemán y deudora de obras cumbre como Nosferatu (1922, F. W. Murnau) y, sobre todo, El gabinete del doctor Caligari (1920, Robert Wiene). Producida por Carl Laemmle para Universal, su introducción no puede ser más asombrosa, un hombre en chaqué presenta el filme como una aterradora historia que aborda dos de los misterios fundamentales de la creación: la vida y la muerte. A continuación, los títulos salpicados por ojos caleidoscópicos y dalinianos nos revelan otra perversión, identificando su autoría como basada en la novela de la señora de Percy B. Shelley. Su historia no era novedosa, el público ya había podido disfrutarla en 1910 de la mano de J. Searle Dawley. Henry Frankenstein (Colin Clive), es un científico obsesionado con la obtención del elixir vital, la sustancia y el procedimiento por el cual un objeto inanimado podrá cobrar vida de manera artificial. Enfrascado en sus investigaciones, idea en un torreón un laboratorio nada rudimentario, en el que un complejo sistema de poleas y palancas atrae la carga eléctrica de las tormentas hacia la mesa de operaciones. Con esa energía, y llevando a cabo un enmarañado proceso de conductividad, el científico conseguirá al fin dar vida a un monstruo (Boris Karloff), un cuerpo humano realizado con trozos de cadáveres y conducido por un cerebro enfermo que su asistente Fritz (Dwight Frye), robó para él del depósito de la facultad de Medicina. A partir de entonces, entre admirado y arrepentido, Frankenstein intentará poner freno al hercúleo monstruo, siendo imposible que su voracidad y su sed de venganza se encierren en una mazmorra. Huido e imparable, su incapacidad de experimentar sentimiento humano posible se deja ver cuando confundido, arroja a una niña a un lago. Con la aldea enfurecida por la muerte de la pequeña María, se iniciará la caza del malvado monstruo, quien en plena lucha contra la turba lanzará a Frankenstein desde lo alto de un molino. Asediado el lugar y declarado el fuego, todo parece indicar que el monstruo fenece entre las llamas, dando el pueblo por concluido su resarcimiento. Pero las cosas nunca son lo que parecen y, en 1935, la verdad emerge en forma de secuela titulada La novia de Frankenstein. Pero esa es otra historia y, el suyo, otro Halloween.

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