Echamos la vista a tras desde nuestra pequeña butaca y cerramos los ojos para trasladarnos muchos años antes que Heidi o Barrio Sésamo, hasta llegar a una de las joyas de la corona Disney que tantas referencias ha tenido en el universo del celuloide; vamos a adivinarla: se abre la escena con un montón de gremlins cantando: “aijo aijo a casa a descansar….“; lo habéis adivinado ¿verdad? Sin lugar a dudas la primera película incluida bajo el canon de Clásico Disney y primer gran largometraje de animación de la casa en 1937… Blancanieves.

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Todos los derechos reservados a Walt Disney Pictures

Más allá del pensamiento freudiano, vamos a hacer una retrospectiva y no vamos a mirar con ojos de adulto aquello que está dirigido a un niño. Blancanieves es una adaptación del cuento de hadas homónimo de los hermanos Grimm, una historia profundamente arraigada en las tradiciones europeas. Blancanieves era una joven de extraordinaria belleza, la malvada reina, eclipsada por la belleza de la joven y llena de envidia por no ser ya la más bella entre las bellas según su espejito mágico– cuántas daríamos lo que fuera para que una vez arregladas, al mirarnos a nuestro espejo, nos dijera esas palabras aunque fuesen mentira-,  ordena a un soldado que la mate. Así que éste hace lo que le ordena su señora, coge a Blancanieves y le pide que le acompañe al bosque. Prendido por la dulzura que desprende, decide que la dejará en lo más profundo del bosque y le cuenta a la chica los horribles planes de la Bruja, y así la deja con vida andado por la espesura hasta la saciedad. Pero encuentra una casita pequeñita, con todo lo que ha de tener una casa multiplicado por siete y, como estaba derrotada de cansancio, decide juntar las 7 camitas y dormir un poco. Es aquí donde aparecen los que sin lugar a dudas son un icono del cine que han saltado a la vida cotidiana: ¡los siete enanitos! Feliz, Alérgico, Dormilón, Romántico, Sabio, Cazador y…. Gruñón. A quién no le han dicho alguna vez que se parece al enanito Gruñón…

Pero no todo son rosas en esta historia; como no la envidia -que es muy mala- hace presencia y Malvada pregunta quién es más bella para hinchar su enorme vanidad al espejito mágico, y éste le  dice que sigue siendo la más bella entre las bellas Blancanieves labios de fresa. Malvada llena de odio transformada en una viejecita adorable y aprovechando que los enanitos están picando en la mina, engaña a la joven con una apetitosa manzana, cual Eva en el Edén sucumbe a la tentación y ¡zas! La joven cae en un profundo trance y los pobres enanitos no pueden hacer nada, tan sólo la introducen en una urna de cristal donde la lloran y adoran a diario.

Un día un príncipe, que paseaba en su gran caballo blanco, como encarnando a un ángel celestial, vio a la bella niña en su caja de cristal y pudo escuchar la historia de labios de los enanitos. Se enamoró de Blancanieves y logró que los enanos le permitieran llevar el cuerpo al palacio donde prometió adorarla siempre cada día de su vida mostrando un amor tan fuerte capaz de ser eternamente platónico -el hombre perfecto, creo que en la vida real están en peligro de extinción-. El príncipe no pudo resistir la tentación de besar sus rojos labios de fresa y así lo hizo. Entonces ella despertó de su largo sueño. Hubo gran regocijo, y los enanos bailaron alegres mientras Blancanieves aceptaba ir al palacio y casarse con el príncipe. Y todos comieron perdices y empezó así la saga de Clásicos Disney y la gran fábrica de sueños comenzó así a dejarnos llevar a un mundo lleno de príncipes, hadas y princesas.

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