A mí me sucedió que desarrollé, desde temprana edad, la pasión por el mundo teatral. Aquel enjuague de luces y personajes que despertaban en la escena, emergiendo del texto y la oscuridad del escenario, me cautivo. Es como el que sigue la estrella de la pluma de sus autores. Una devoción evolutiva. Desde el teatro del Siglo de Oro, de Molière, hacia los preámbulos escénicos del otro lado del mar. Debo confesar que la temática descrita en la escena -a partir del último tercio del XIX y primera mitad del siglo XX-  me cautivó de manera especial, quizás por enraizarse en aquellos narradores de la Generación Perdida. Tener que escribir sobre una idea de Eugene O`Neill, una fabulación o una tragedia social, siempre resulta motivador y a la vez provocador. Motivador en su sentido poético y provocador en el complejo existencial que posee su motivación: nos alcanza a todos.

Imagen de ‘El repartidor de hielo’ © 1973. Cinévision Ltée, The American Film Theatre. Todos los derechos reservados.

Desde su larga tradición clásica, su tinta se embriaga del suspense que contiene la lucha por existir. Pero especialmente siempre me sorprendieron las plumas estadounidenses por la objetividad en el drama -que investigaron por la influencia europea de Chéjov o Ibsen- principalmente. Pero además es que Miller, Capote, Inge, son los reveladores de ese Método que hiciera sublime a Geraldine Page, Brando o a Clift, porque O`Neill había fraguado sus escenas desde el conocimiento profundo de sus recuerdos, de su pobreza que grita al cielo, de la delicadeza de sus personajes desechos entre la miseria de una sociedad injusta, de la competición de la ironía de la verdad ante la sublime mentira de los ganadores. Una declaración social. Un sutil elenco vivencial que destruye la posibilidad de la felicidad en muchas de las piezas teatrales de los autores de esos años. Porque al igual que las grandes películas devenidas del teatro, en el recuerdo del mejor Tennessee Williams de De repente el último verano, la obra de Eugene se muestra veraz y rotunda desde la propia psicología de los hombres: el dolor.

Imagen de ‘El repartidor de hielo’ © 1973. Cinévision Ltée, The American Film Theatre. Todos los derechos reservados.

Este realizador americano, de sólidas raíces independientes y acerada escritura hacia las libertades intrínsecas del hombre, y de nombre Frankenheimer, posee la extraña virtud de situar al espectador como un mero tribunal popular, con la pretensión de invitar a “tomar parte” por la vida y sus flecos existenciales que deriva. El fracaso y la superación del mismo, invade  la cinta elaborando personajes melancólicos. Es una película afectiva donde se plasman las verdades de distintos sujetos. A través de la voz de Lee Marvin, Robert Ryan, Fredric March y un jovencísimo Jeff Bridges que despuntaba hacia un futuro interpretativo muy prometedor.

Imagen de ‘El repartidor de hielo’ © 1973. Cinévision Ltée, The American Film Theatre. Todos los derechos reservados.

Este repartidor de hielo de O’Neill, en su trasposición cinematográfica, ya nos transporta a su anterior momento del año 1962 y su Larga jornada hacia la noche,   en la batuta de Lumet y el desconsuelo de los personajes ante su incapacidad para ser felices. Igual que en el año 1958 en aquel Deseo bajo los olmos, de Delbert Mann, con un Burl Ives conmovedor en su interior destrucción y tal como nos dijera Robert Burton en su Anatomía de la melancolía, “la soledad voluntaria seduce suavemente como una sirena a un cuerno de caza”. Porque el dramaturgo es un mago en el proceso de seducción hacia la melancolía. No existe opción: vivir en un proceso de duelo constante o rebelarse en la tragedia. Pero esta adaptación, es un elemento recurrente del cine independiente que se fue forjando poco a poco en los Estados Unidos, donde los autores, directores y actores se desligaban de aquellos contratos característicos del cine clásico de los años treinta y cuarenta, sembrando el ámbito de la escena y el celuloide de nuevas propuestas, más arriesgadas, de mayor calado social y político y con fuertes raigambres en la psicología existencial del ser humano. Así bastaba una mera reunión de trabajadores, de amas de casa de la economía del bienestar, o incluso unos contundentes boxeadores, para expresar ideas en el término amplio. Una tipología cinematográfica que se colocaba al lado de los outsiders, en un contexto crítico cerrado a las persecuciones devenidas de las pesadillas de los gobernantes americanos y el espectador medio, comunismo, racismo y liberalismo económico, por no hablar de guerras disolutas y sin sentido. Y en el centro de este océano convulso en su disfraz, que fue lo que fue la América de después de la 2ª Guerra Mundial, se intemporalizan los argumentos y la depresión de los años treinta ya no tiene fecha. Es simplemente un concepto, y la soledad del soldado que regresa al hogar es un sentimiento profundo, no es soledad. Es la manera de existir.

Imagen de ‘El repartidor de hielo’ © 1973. Cinévision Ltée, The American Film Theatre. Todos los derechos reservados.

Y la independencia de la mujer trabajadora es una realidad en su lucha por sus derechos y las visiones de esa juventud acerca de la prosperidad se trastoca en cintas como las de Nicholas Ray y, en definitiva, el hombre se vuelve más descreído de sus propias ilusiones. Aparecen en escena directores como Lumet, Ritt, Pen, Brooks, y el mismo Welles, para evidenciar la conciencia del hombre. El espectador construye a sus héroes en los buscavidas, en las sombras del cine negro, en los conflictos sociales, en la lucha interna por ser y no tener y de alguna manera, de forma estoica y un poco depresiva, se lame sus propias heridas en el regocijo de estos antihéroes que no son ni más ni menos que su propio Alter Ego. “Ya sé que me sisáis, pero como no es mucho lo dejo pasar”. “Siempre se debe hablar primero con su abogado” y Bridges dice: “Yo no tengo abogado”. En la magnífica interpretación de este joven que se estaba descubriendo para la pantalla, se nos habla de todos esos hombres que no tienen y nunca tendrán abogados. Ni siquiera su excesivo metraje, desluce esta impresionante película. Una joya que debemos rescatar. Literalmente actual. En una taberna, como si fuera aquel Callejón de las almas perdidas de Lindsay Gresham. “Yo descubrí el whisky y eludí su jurisdicción”.

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