Seamos realistas, la vida es cruel. Así son las cosas o, al menos, así nos las han contado. Y es que no hay momento más crítico para reflexionar acerca de la fiereza de la vida, que la Navidad, período festivo, mágico y casi por obligación feliz que, en la mayor parte de los casos, acaba en desastre. Lejos quedan aquellas fechas de la infancia en que todo era como una película de De Sica, “pan, amor y fantasía”, y en que los regalos y la alegría desbordaban las tiernas expectativas de los infantes. La vida pasa, los niños crecen, y con ellos los gastos, las hipotecas y el desencanto. Echémosle la culpa a la crisis, a Bernard Madoff, al calentamiento global o a nosotros mismos. Todos somos partícipes de esta espiral en que hemos convertido al mundo, tremendo egoísmo el que nos azota y nos hace pensarnos el ombligo del universo. Lástima.

Pero el ser humano es así, en cualquier estación del año, en cualquier momento de la historia. Por ello, por la ingente cantidad de despropósitos humanos que somos capaces de hacer, torpe aunque concienzudamente, dedicamos este especial mensual a los innumerables lamentos que nos hacen maldecir políglotamente la Navidad. Y es que el cine, agudo observador de la realidad, no se ha sustraído a la doble vertiente de las fechas navideñas. Si bien es cierto que existen cientos de filmes basados en las bondades de estas fiestas, también lo es que algunos han colocado las mayores calamidades afectivas, personales, profesionales y aun vitales en la Navidad.

Comencemos por un drama familiar de libro. No es que haya desterrado al emblemático George Baily de Capra, ni más faltaba, pero sí es cierto que para una generación temprana, la de mediados de los ochenta, la película Home alone de Chris Columbus, supuso todo un mito. Y es que estar solo en casa en Navidad, para según qué familias, puede ser todo un alivio. Un hermano insufrible, un niño abandonado, una pareja de delincuentes acechando y la más terrible soledad, es la combinación perfecta para el ocio familiar de la pasada década. Quién diría que hablamos de cine infantil. Aunque quizá debamos departir sobre Solo en casa II, perdido en Nueva York, para darnos cuenta de la brutalidad de los realizadores a la hora de abordar el período navideño. Mostrar a la gente padeciendo la indigencia, a ricos malgastando su capital en lujos inservibles, y decenas de niños hospitalizados que miran con triste resignación el mundo allende sus ventanas. Que suene Jingle Bells, no olvidemos que es Navidad.

Imagen de Family Man. Todos los derechos reservados a sus distribuidores y productores

A comienzos del siglo XXI, Brett Ratner nos trajo Family Man, con Nicolas Cage en el papel de hombre de negocios frío y satisfecho que, por avatares del destino, acaba en un borough de Nueva York compartiendo miseria con Téa Leoni. Del cielo al infierno redentor, en una vuelta de tuerca a la novela de Dickens y su personaje Scrooge, este “cuento de navidad” del nuevo milenio demostraba que, a veces, menos es más y que, atención al mensaje, siempre queda tiempo para perder algo más. Alentador. Una de las más inquietantes y, por ello, realistas películas acerca de la Navidad se la debemos la gran Jodie Foster, con su A casa por vacaciones (1995). La que hubiera sido la niña más famosa de Coppertone, dirigió un filme satírico y mordaz acerca de las licencias que la familia se toma con respecto a sus miembros. Capaces de sojuzgar, de condenar y hasta ejecutar sus penas, los familiares de Home for the holidays son jueces y parte de la desesperación. De forma increíble, la confabulación del clan a las órdenes de Foster, precipita que muten en auténticas alimañas. Pero no creamos que la soledad, el abandono o sostener a un grupo de impresentables genéticamente compatibles son las mayores atrocidades que el cine nos ha mostrado. Sólo a una industria feroz se le habría ocurrido acabar con la vida de Diane Keaton en una, a priori, comedia: The family stone (2005), película en que una Sarah Jessica Parker un tanto pusilánime, intenta abrirse camino en la familia de su novio, Dermot Mulroney, antes de que éste caiga rendido ante los influjos de su hermana, -Julieta eterna- Claire Danes. Sin embargo, no es la única muerte a la que Hollywood nos tiene acostumbrados en Navidad.

Imagen de Planes, Trains & Automobiles. Todos los derechos reservados a distribuidores y productores.

Para el cine, lo habitual es perder a familiares en estas fechas: un hijo en la dulce e increíble Serenata nostálgica; una esposa en Planes, Trains & Automobiles (1987) con unos geniales Steve Martin John Candy; e incluso un padre en la aclamada historia de Jack Frost (1998, Troy Miller). Increíble la abulia con que el cine ha tratado a las personas, y la facilidad con que se deshace de ellas para accionar la palanca emocional. Para ello, qué mejor que acudir al ejemplo más cercano, gamberro y macabramente genial que fue el filme de Alex de la Iglesia, El día de la bestia (1994). A nadie más que a De la Iglesia se le habría ocurrido colocar el nacimiento del anticristo en una ciudad como Madrid, tan maltratada y variopinta como sus calles. Sólo De la Iglesia se pudo imaginar el descontrol que supondría tal suceso en la capital, ni más ni menos, que el día de Nochebuena. Sin duda, matrícula de honor dentro de la filmografía catastrófica de Navidad.

Es por ello, por la cantidad de sucesos inesperados, trágicos, sorprendentes, horribles e insospechados que pueden suceder en Navidad -y que tan bien nos ha retratado nuestro adorado celuloide-, por lo que les insto, nos insto, a que disfrutemos de las vacaciones como nunca antes lo hemos hecho: ni una gota de alcohol al volante; ni una pizca de intimidación a las familias; ni un recodo de amargura. No demos al cine nuevas ideas, para más cine catastrófico en Navidad.

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