Del único director poético, personal, onírico y surrealista del cine español hay poco que contar que no se haya relatado ya. Realizador, atleta, cirujano y crítico de cine, de Julio Médem se ha dicho mucho, aunque quizá no lo suficiente. Y decimos quizá, porque a este vasco con raíces germano-francesas, con claras evocaciones a Buñuel, Dalí, Bergman o Mizoguchi no se le ha hecho, en estos últimos años, la justicia que sin duda merecía. No es fácil levantar el vuelo en un país muy bien provisto de veneno entregado en desmedidas dosis. Tal vez hubiera de confesar que el propio Stanley Kubrick quedó prendado de alguno de sus filmes y que Steven Spielberg, deidad en esta profesión, llamó a sus puertas para ofrecerle un fastuoso y suculento blockbuster que, por supuesto, la integridad de Médem rechazó. Con el tesón de un veterano pero con la humildad de un principiante, el realizador de San Sebastián vuelve a la gran pantalla con Room in Rome, una película complicada, mezcla de obligación y devoción. Y es obligada, aunque no en sentido estricto, porque su consecución llega a resultas de una propuesta directa del productor Álvaro Longoria, a pesar de que, y en esto es devota, Médem haya impregnado el guión y el equipo artístico de su particular universo, estimulante y siempre fascinador. Esta propuesta cuando menos sugerente, versión libre del filme de Matías Bizé En la cama, estará protagonizada por Elena Anaya y Natasha Yarovenko, quienes se encargarán de dar vida a una pareja de desconocidas que descubre el erotismo, la sensualidad y la libertad en un remoto hotel de Roma. Con la sana intención de resultar atrayente y excitante, su rodaje dará comienzo la última semana de enero. Sin embargo, y pese a las tensiones previas a la filmación de la cinta (todo un reto el concebir un film que no “ha salido de sus entrañas”, como él mismo indica), el cineasta ha tenido la deferencia de hablar con nosotros sobre este excitante y prenatal film.

Lucía Tello Díaz.- La película que ahora presenta, Room in Rome será la octava en su filmografía, rodada en el extranjero y además en inglés. Esta proyección internacional ¿puede ser debida a que cree que ha sido poco valorado en España?

Julio Médem.- Aunque pueda parecerlo, no he rodado fuera de España porque aquí me sienta menos valorado. Es verdad que con Caótica Ana la diferencia entre el exterior y España ha sido muy llamativa, sobre todo en lo relativo a la prensa, a los festivales de Roma, de Londres, de Israel. Llegó un momento en que, si quería animarme, tenía que acompañar a la película por algún festival. Evidentemente, un productor quiere garantizar que la película se venda bien en el extranjero y aquí también. Cuanta más gente vaya, mucho mejor. Pero creo que no tendría mucho futuro si me limitara al público español.

LTD.- Después de la acogida de Caótica Ana, ¿se ha desanimado de algún modo?

JM.- El resultado de Caótica Ana, en vez de pararme, me dio como una especie de fiebre. Uno lucha para no hundirse, escribiendo guiones y no parando. Te abstraes, te metes a escribir y dejas de ver la realidad. Además, ese alejamiento acabó ayudándome muchísimo. El choque de la película me duró poco. Que me haya enfadado con algunas opiniones, eso es evidente, por supuesto. Eso está ahí y algunas actitudes me dan vergüenza, hicieron de ello algo personal. Nosotros estamos aquí para hacerlo lo mejor que podemos, tenemos el ego bajito, sólo lo necesario para crear; además, nos desnudamos mucho, damos tantísimo de nosotros mismos, nos exponemos tanto, que creo que se debería crear un puente. No ya hacerse amigo del director, sino de la historia, de la propuesta. Ser mínimamente amigo. Intentar ser ese puente entre lo que propone el director y el espectador.

LTD.- Con más motivo sabiendo que fue usted crítico de cine…

JM.- Sí, yo tiraba al aire todo lo que me gustaba, me ponía “a dar brincos”. Y cuando algo no me gustaba, me daba un pudor enorme ponerme a decirlo, siempre relativizaba. Pero claro, cuando hay gente que saca su estilo del insulto es duro.

LTD.- Tal vez la crítica ha arremetido contra usted porque es de los pocos directores españoles con un cine muy auténtico, muy poético. Muchas películas suyas tienen resonancias a Bergman, a los vanguardistas, algo a lo que no estamos muy acostumbrados.

JM.- Quizá mi cine no es tan cercano, y tal vez es cierto que se sale un poco de la norma. Pero a mí me parece que es un estilo de actitud altiva de algunos, como de “qué se ha creído éste”. Aunque también es cierto que hay otros que no, que se mantienen en su sitio y que, si no les gusta algo, te lo dicen y ya está. Yo estoy acostumbrado a las dos cosas, a que guste y a que no guste, pero lo que no me parece bien es cuando, en este caso, encuentro insultos y mucha agresividad. Por lo demás, a quien no le guste está en su derecho.

LTD.- Cuéntenos algo sobre Room in Rome, su carácter, su atrevimiento, su contenido erótico, ¿cuál cree que va a ser su acogida?

JM.- Aunque hubiera gente que quisiera criticarla por el contenido sexual, sería un poco impresentable hacerle críticas sólo por ello. Me criticarán por otro lado, sin decirme que es por eso –ríe-. Pero me apetecía, porque me parece muy interesante. Me gusta mucho contar historias de amor: hombre-mujer, mujer-hombre, en fin, y meterme ahora aquí, a investigar, a saber cómo son cada una de ellas, como personas, aparte del sexo.

LTD.- Después de Lucía y el sexo, ha vuelto ha trabajar con Elena Anaya, ¿por qué la ha elegido para el papel de Alba?

JM.- Ya había trabajado con ella hace ocho años y me parecía la mejor actriz para hacer este papel. Su forma de ser, su carácter, en el personaje de Alba estaba integrado todo lo que es ella: su soltura, su sentido del humor, su ritmo al hablar, sus bromas, sus nervios…

LTD.- ¿Qué le ha supuesto cambiar tan radicalmente la forma de narrar las historias, condensando el contenido en doce horas y una sola habitación?

JM.- Sí, es muy delicado, con lo que me gustan a mí las elipsis, los exteriores, jugar visualmente con los espacios, crear una atmósfera a través de ellos. Lo que ocurre es que el pasado está, pero la película es lineal. Aquí no hay elipsis, hay una continuidad, crea el efecto de pensar que has pasado la noche con ellas y parte de la mañana. Lo que pasa es que, a medida que ellas se van contando y van desvelando quiénes son, lo que les ha ocurrido, momentos del pasado tan duros, todo adquiere mucho valor. Con todo lo que se ha contado entre esas cuatro paredes el espectador descubre algo nuevo, aunque esté viendo lo mismo. La imaginación funciona bien, aunque no está contado visualmente.

LTD.- Por lo que cuenta, Room in Rome va a ser una película muy sensorial, muy táctil, en la que el espectador es partícipe de la relación de las dos chicas, Alba y Natasha, ¿por qué ese enfoque?

JM.- Esa es una de las dimensiones de la cuestión escénica. Hay otro aspecto de tipo semiótico que es Pompeyo, el hotel Pompeyo, que está construido dentro de un teatro que ya no existe, aunque es una presencia, está ahí. Luego están ellas, que se conocen, se miran, se gustan y son el paisaje, aunque no todo el tiempo, sobre todo en una parte de la película. Pero sí, sí quiero contar esa pasión.

LTD.-  Además, el exterior en la película es todo lo que ellas pueden ver, todo desde una perspectiva subjetiva, sin injerencias de lo ajeno.

JM.- Sí, por supuesto. Allí un teléfono móvil adquiere un valor distinto, muy íntimo. De alguna manera, es un valor por contraste entre lo poquito que se ve de fuera y lo que está dentro.

LTD.- Y después de Room in Rome, ¿qué proyectos tiene en mente?

JM.- Estoy muy metido en el mundo de la antigua Grecia, sobre todo en el siglo V a.C., donde hubo una etapa de esplendor con Pericles, Sócrates, Atenas, el arte, la filosofía, todo. Me he pasado todo el año leyendo, documentándome y escribiendo. Ahora tengo la primera versión de lo que será una gran tragedia griega, Aspasia, una historia también compleja, que tendremos que pasar al inglés por exigencias del reparto internacional. Además, seguramente voy a hacer más películas que antes, es decir, no tan espaciadas, y empleando la fórmula que ha tenido que usar más gente: el bajo presupuesto… Cosas de la crisis.

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