Imagen de ‘The Breakfast Club’ © 1985. Universal Pictures. Todos los derechos reservados

Título original: The Breakfast Club; Dirección: John Hughes; Guión: John Hughes; Año: 1985; Reparto: Emilio Estevez, Paul Gleason, Anthony Michael Hall, John Kapelos, Judd Nelson, Molly Ringwald, Ally Sheedy; País: Estados Unidos; Duración: 97 minutos; Productora: Universal Pictures.

Y estos niños sobre los que escupís mientras intentan cambiar sus mundos son inmunes a vuestras consultas. Son muy conscientes de por lo que están pasando…

Así empieza esta película de John Hughes: con una cita algo críptica de David Bowie y con el todopoderoso Don’t you forget about me de Simple Minds. En el primer minuto ya se puede interpretar que el film versará sobre el sempiterno abismo entre adultos y adolescentes, y del influyente espejo que representan los primeros y sobre el que se asoman los segundos.

Sí, ayer volví a ver The Breakfast Club, titulada en español El Club de los Cinco quizás con la intención de evocar conexiones inconscientes con el niño/a que todos llevamos dentro y se educó con las novelas de Enid Blyton. No la vi porque me sintiera nostálgico ni mucho menos, simplemente la echaban por la tele y me propuse seguirla durante sólo 5 minutos antes de irme a dormir… sólo por reminiscencias de simpatía hacia la misma. Esos 5 minutos se tornaron 97: no pude negarme a una emotiva vuelta a la pubertad, que es cuando más o menos vería por primera vez ese film. También es por esos tiempos en los que me convertí en un fan de Simple Minds… para siempre.

Imagen de ‘The Breakfast Club’ © 1985. Universal Pictures. Todos los derechos reservados

Sí, la había visto más veces, pero creo que esta es la primera vez que lo hago como persona de mediana edad y como… padre. La película me pareció una auténtica obra de arte… una auténtica joya que, si bien ha sido siempre correctamente considerada por la crítica, nunca ha sido llevada a la categoría de obra maestra. Y lo es: es una obra maestra de nuestro tiempo. Es muy difícil que se repita una historia como esta, como lo es de difícil volver a los años de juventud. Será complicado rescatar a tantas buenas promesas de la interpretación (Estévez, Nelson, Sheedy, Ringwald, Michael Hall…), conseguir una buena dirección y guión y una canción central que es un icono de la música universal.

En la cinta se narra, en un falso tiempo real, las aventuras y desventuras de un grupo de cinco jóvenes adolescentes (un cerebro, una princesa, una irresponsable, un atleta y un criminal) durante las casi 9 horas de un sábado, mientras permanecen castigados, por distintos motivos, en la biblioteca del colegio. Estos cinco sujetos no tienen nada en común ni nada por lo que establecer comunicación. De hecho, el film sería un incomparable trabajo de cine experimental con cinco personas en silencio durante hora y media de no ser por el personaje del irreverente John Bender, representado por el majestuoso Judd Nelson.

Ciertamente, la película es para él… la película es, en gran parte, él. Sobre sus espaldas recae el peso de la historia. Es él el que, con su falta de respeto, su sacrificio y sus fingimientos, incita (e incluso excita) a los demás a defenderse, atacar, llorar, reir, permanecer leales a él y a la juventud, a amarle… y en definitiva, a actuar.

Si tus padres se divorciaran, ¿a quién elegirías?

A veces es Bender quien calla reverentemente como otorgando una importancia sublime a lo que está aconteciendo. En otra escena plantea un monólogo sincero y lacrimógeno (imitando a sus padres) y nos permite ver no sólo una familia desestructurada, sino al borde de lo que hoy llamaríamos violencia doméstica. En otro momento interpela a Claire (la princesa, la vanidosa) con unos argumentos que hoy se calificarían como acoso sexual. Sinceramente, me cuesta creer que Nelson no sea a día de hoy una de las estrellas carismáticas de Hollywood, del estilo de iconos como Daniel Day-Lewis o Robert De Niro.

Como en la cita del principio, más allá de la ternura adolescente que intenta transmitir la película, subyace una crítica a la sociedad burguesa americana (¿o a toda la cultura occidental moderna?), la cual parece haber perdido la auténtica vocación de paternidad. Los cinco tienen un problema en común: sus padres… los adultos. Pero sobre todo, el problema que ven es su irremediable transformación en estos últimos, la cual está empezando a acontecer sin que ellos mismos puedan hacer nada para frenarla.

Cuando nos hacemos mayores, se nos muere el corazón…

La película es también su localización: una biblioteca con una idílica estética tan ajena a sus ocupantes como la falta de conexión que hay al principio entre los mismos. La estancia está presidida por una estatua que hace referencia a una especie de ser perfecto, culto y completamente equilibrado… algo que ninguno de los cinco (y posiblemente nadie) es.

Los últimos 20 minutos son de los más profundos que he visto en el cine. Vamos de la risa a la melancolía de una manera tan eficiente como condensada. Una vez que ya han llegado a soportarse (ayudados, todo sea dicho, por un poco de cannabis), acaban sincerándose en una escena que discurre en forma de asamblea donde es normal que al espectador se le escape alguna lágrima. Y si a uno no se le humedecen los ojos en ese punto, seguro lo harán en el minuto final, con el Don’t you Forget about me de Simple Minds, mientras de fondo escuchamos el alegato final de Brian (Anthony Michael Hall) en voz en off y que resume lo aprendido por los cinco en esa jornada de sábado:

Querido señor Vernon:

Admitimos el hecho de tener que quedarnos castigados todo un sábado por habernos portado mal, pero pensamos que está usted loco al intentar forzarnos a escribir un ensayo explicándole quiénes creemos ser, porque usted simplemente nos ve como quiere vernos… En pocas palabras, la definición más conveniente sería que hemos sacado en limpio lo que hay dentro de cada uno de nosotros: un cerebro, un atleta, una irresponsable, una princesa, y un criminal.

¿Contesta eso a su pregunta?

Atentamente le saluda, el Club de los Cinco.

Imagen de ‘The Breakfast Club’ © 1985. Universal Pictures. Todos los derechos reservados

La película acaba con una declaración de su amistad… y de temor: ahora nos consideramos amigos, pero qué haremos el lunes cuando nos veamos por los pasillos?

Y no me quiero despedir sin referirme al personaje del bedel del instituto, Calr (John Kapelos) que juega el papel de lo que en teatro se denomina un quinto negocio. En la novela de Robertson Davis, el quinto negocio es un rol, que sin ser protagonista ni villano, resulta clave para el devenir del argumento. Es una especie de catalizador invisible y humilde de la historia, sin el cual o la cual nada tendría sentido. ¿Y qué aporta Carl como quinto negocio a ese día de sábado? Muy sencillo: la esperanza. Carl asoma en apenas dos ocasiones: su presencia parece en principio descartable. Sin embargo, Carl es el único personaje sincero consigo mismo, la única persona decente en toda este relato, el único que no escupe a la juventud… En una de las escenas del principio se nos permite ver fugazmente en una orla que él fue un buen estudiante y que posiblemente lo tuvo todo a su alcance, pero que, por alguna razón, eligió ser un pobre limpiador que empuja un cubo de agua sucia por los pasillos de su antiguo colegio. Puede no ser el mejor de los oficios, pero se deja entender que se trata de una elección tomada con integridad… Con su sonrisa y aparente falta de importancia sobre su situación profesional les está diciendo a los cinco que hay esperanza, que un corazón adulto puede seguir vivo, aunque pertenezca a un limpiador de letrinas. De hecho, es él quien los despide con afecto cuando abandonan las instalaciones del colegio y el último gesto de afecto de los alumnos es solo para él. Si hay gente como Carl, hay esperanza y nos veremos el próximo sábado.

Imagen de ‘The Breakfast Club’ © 1985. Universal Pictures. Todos los derechos reservados

Mucha gente ha buscado mensajes de tipo educativo, psicológico y paternal en la película, pero yo creo que subyace uno más básico: una pregunta que nos podemos hacer de pequeños y de mayores. ¿Quiénes queremos ser?

Yo creo que lo tengo claro. Me gustaría ser Carl.

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