Qué poco apegados estamos los españoles a lo nuestro. Qué lástima. Ciudadanos de todo el mundo quedan eclipsados por nuestro cine y nuestro arte, y nosotros nos regocijamos en subrayar diferencias, demarcarnos de nuestros compatriotas y abjurar de lo nuestro. Nos arrepentiremos de ello, tiempo al tiempo.

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El conato aglutinador del Mundial de Fútbol de 2010 nos duró lo que un gol, apenas unos segundos y un par de repeticiones de la jugada. Lo que otros admiran con ganas se disipa en una marisma de inquina patria; siempre nos alboroza pensar que somos mejores que nuestros compatriotas. Así no es de extrañar que noticias como las que inician este mes de abril pasen desapercibidas ante nuestros ojos y ante nuestras memorias. Penélope Cruz, la más internacional de cuantas intérpretes españolas han existido, ha conseguido su estrella en el paseo de la fama hollywoodiense. La que todavía es cuestionada como actriz por nuestra amarga crítica, ha abierto una senda inexplorada en territorio USA, sin que todavía exista un reconocimiento unánime a su talento en su país, su casa. Lo curioso, y esto lo remarco con especial interés, es que su compañero de reparto en Piratas del Caribe, Johnny Depp, ha dicho sobre la intérprete: “He intentado provocarla muchas veces para que se enfadara. No funciona. Trabajar con Penélope es como ir por una carretera llena de sonrisas”. Como comprenderán, después del retrato que han perfilado de ella determinados medios españoles, resulta conmovedor que alguien alabe la profesión y la personalidad de Cruz, algo que se presenta como inaudito para un sector que la tilda de desabrida, antipática y engreída. Mejor la conocerá Depp, intuyo, que tantos desconfiados que abundan por el ruedo ibérico.

Del mismo modo, nos enteramos de que el próximo dieciséis de este mes, el New Center for Psychoanalysis, dependiente de la UCLA, dedicará un simposio a la figura de Pedro Almodóvar, cineasta internacional donde los haya, reverenciado e idolatrado por masas allende nuestras fronteras, y cuya obra aquí –pese a reconocida-, no deja de suscitar las más variadas críticas y descréditos. Sentada metafóricamente en el “diván”, la obra de Almodóvar será auscultada por Thomas M. Brod, en especial aspectos como las necesidades primitivas, la posesividad, y la ansiedad, es decir, todo aquello que conforma los “Espejos del corazón” de Almodóvar, título asignado al congreso. Será que Women On the Verge of A Nervous Breakdown tiene mayor entidad que Mujeres al borde de un ataque de nervios, ya saben que todo traducido al inglés es mejor, o ilusamente así se tiene entendido.

El que parece capear con una maestría inigualable las envidias de nuestra raigambre cultural es, sin duda alguna, Santiago Segura, director que conoce como nadie lo importante que es captar la atención del público cuando lleva el paso cambiado. Dada nuestra irracional antipatía a la erudición, a lo comedido, a la alta cultura, qué mejor que entrar en las conciencias de la audiencia a través de la chuscada, la silicona y el pringue. Al contrario de lo que se piensa, Segura, licenciado en Bellas Artes y gran conocedor del engranaje cinematográfico (la escatología es una pose, lucrativa y extremadamente provechosa a más señas), es un auténtico animal de la industria del cinema, quien tiene en su haber ni más ni menos que tres premios Goya, y que ha batido récords por doquier en la taquilla. Hagamos memoria. En 1998, con su Torrente, el brazo tonto de la ley, obtuvo once millones de euros de recaudación, y más de tres millones de espectadores. Torrente 2: misión en Marbella conseguiría embolsar veintidós millones de euros, siendo vista en las salas por más de cinco millones de espectadores. Tras los 18 millones de euros recaudados con la tercera entrega, su cuarta parte, Torrente 4, Lethal Crisis, ha sido en su primer fin de semana una de las películas más vistas en el país, acaudalando  más de ocho millones de euros. La gran mayoría de la gente desconoce que Segura incluso se reunió en Nueva Zelanda con James Cameron, director de Titánic y Avatar, con quien departió acerca de la idoneidad y posibilidades de rodar en 3D. Todo un logro para un español que pretende hace alarde de unos gustos prosaicos y poco refinados. Lo que es indiscutible, y eso no puede soslayarse, es que Segura es de una inteligencia notable, capaz de ganarse al público de modo imbatible, con una ambición secundada por el sentir popular, algo de lo que deberían aprender quienes deseen dedicarse a esta vacilante profesión. De la gran pantalla de los cines, al butacón de los salones españoles, Santiago Segura se ha impuesto como figura de primera magnitud.

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Señala González-Sinde que “hay gustos para todo” y es cierto. A pesar de que Torrente, saga por excelencia de nuestra cinematografía, nos contraríe con su bribona forma de ganarse al público, con desnudos improcedentes, conversaciones soeces y procacidades de la más variada etiología, no podemos por menos que rendirnos ante su hegemonía. Sin duda tendrán que estudiarse su producción, su distribución, su marketing y sus maneras. Cómo ha llegado a convertirse en un fenómeno sin parangón, resulta un reto para la mercadotecnia.

Habremos de apostar por este modo de aproximarnos al público español mientras éste siga reaccionando a los mismos estímulos cinematográficos, si bien no en su contenido, sí en sus formas de captar la atención de la aletargada audiencia. Es de esperar que las modas cambien, pero hasta entonces, intentemos acercarnos a los espectadores sin inquirirnos con esta aflicción infinita, sin desdeñar a nuestras grandes estrellas, sin emponzoñarnos en este criticismo deconstructivo y sin azuzar este fuego eterno, sobre qué ha hecho el cine español, para merecer esto.

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