Qué gusto saberse mortal y creerse inmortal. Los seres humanos, quiero decir. Ningún otro ser conocido o por conocer, incurre en tantísimos despropósitos como nosotros. Por algo lo haremos. Vivimos de manera finita y, sin embargo, creamos arte y vida para la infinitud; esto no nos hace inmortales, bien lo sabemos, pero nos ayuda a pervivir: nunca olvidaremos a Blake Edwards por sus guateques, sus desayunos en Tiffany o sus citas a ciegas; qué importa, si me lo permiten, que Azcona o Berlanga ya no estén con nosotros, si aquí quedan sus verdugos, sus americanos y su crítica. Ninguno morirá nunca, quedarán de por vida en nuestra memoria como esos libros aprendidos by heart por los habitantes de Fahrenheit 451; seamos honestos, aunque nos lo propongamos, ninguno de nosotros desaparecerá jamás. Esta infinitud es enternecedora, no se vayan a creer; la rotundidad de lo imprevisible, de lo repentino, hace que cobremos conciencia del mundo, de su constante acontecer. Por ello las sorpresas nos son tan gratas pese a su poca previsión, porque nos demuestran que el control de nuestras vidas es una mera conjetura.

asuncion y paco

Fotograma del cortometraje La verdad si no miento, 2000. Pablo Iglesias Rendo. Todos los derechos reservados.

Desde siempre, y eso es largo, he admirado a una mujer que, por la arrolladora personalidad de su esposo, ha suscitado en la conciencia popular un sentimiento de simpatía y afecto, Asunción Balaguer. Nunca había coincidido con ella, no en un plano real, son muchas las películas en las que la he contemplado, y muchas las veces que, sin embargo, sí he coincidido con su adorado Paco Rabal, paciente, como yo, del mismo doctor en el pasado. No pocas tardes hemos estado, codo con codo, el marmóreo protagonista de Historias de la radio y yo compartiendo espacio y tiempo en una sala de espera. Inmenso él, impresionada yo. No había coincidido con Balaguer, retomo, hasta que por azar, por ese trasgo imprevisible de la suerte, fuimos a aunar nuestro camino hace pocos días, cuando, ya de tarde, deambulábamos con sentido opuesto por la estación de la Puerta del Sol. Dirección descendiente llevaba ella en su escalera, así como ascendente era la que me conducía a mí hasta la salida. Durante unos segundos, diez a lo sumo, tuve ocasión de ver la belleza inmensa de esta mujer amable, coqueta con motivos y dignísima, que miraba con orgullo al horizonte al reparar en mis ojos, incandescentes al encontrar los suyos de repente. Duró pocos segundos, ya lo he dicho, pero en esos ojos hermosos y despiertos, pícaros como respuesta a mi sonrisa, pude localizar décadas de cariño al público, de interminables obras teatrales, de infinito amor a Rabal.

por amor a rosana

Fotograma de Por amor a Rosana, 1997, Spelling Films International, Fine Line Features, Hungry Eye Trijbits. Todos los derechos reservados.

Ninguno muere, es cierto, máxime cuando todavía existe quien mantenga vivo el recuerdo. Asunción Balaguer lo ha hecho con Paco Rabal, como tantas personas lo hacen con sus seres queridos. Hay quien, incluso, mantiene vivo el espíritu de su partenaire cuando éste aún sigue con vida, negándose a conceder al destino la ventaja de su condición. Esto sucede, con garbo y labia inigualables, en una modesta producción ítalo-americana, Por amor a Rosana (1997), que hace ya más de una década descubrimos, también por azar, en algún canal privado de televisión. En este filme de Paul Weiland, un fervoroso marido, Jean Reno, se niega a permitir que su esposa (Mercedes Ruehl) fallezca, no sólo porque espera que su corazón golpee con más y más fuerza para compartir sus latidos, sino porque desea, suerte mediante, que el pequeño cementerio de la localidad sea la morada de su amada, bizarro deseo que es, de facto, la ulterior voluntad de la mujer. No obstante, el espacio limitado del campo santo complicará la existencia a este obstinado caballero, quien será capaz de guardar un cadáver en casa con tal de que, ante cualquier eventualidad, exista un nicho vacante para su adorada esposa.

rosana

Fotograma de Por amor a Rosana, 1997, Spelling Films International, Fine Line Features, Hungry Eye Trijbits. Todos los derechos reservados.

Un argumento insólito, sin duda, que parece lindar con las fronteras de la irrealidad, de la ficción que tan bien se le da al cine, ese terreno abonado para el romanticismo, lo extravagante y lo peregrino. Aunque no exclusivamente. Casualidades de la vida, escucho divertida por la radio que la UNESCO, organismo no dado a frivolidades singulares, ha elegido juiciosa y razonablemente a Hallstatt-Dachstein, como ciudad patrimonio de la humanidad, movido no sólo por su bella arquitectura, por su equilibrada estampa alpina, o por su magnífica contribución al universo de la cultura (gracias a un hallazgo en estas tierras austriacas se ha dado nombre a una de las etapas de la edad de hierro de la humanidad), sino por su curiosísima cultura mortuoria, bastante peculiar si somos precisos. Con menos de mil habitantes, esta población posee, proporcionalmente, un cementerio francamente limitado, donde los cadáveres han de ser ordenados, con mucho cuidado –eso sí-, de manera inconfundible: escasos como están de sitio, han creado osarios donde colocan, perfectamente datadas y adornadas, las calaveras de cuantos habitantes han trascendido. Así, en hileras cabalmente apiladas, se dan cita las cabezas de quienes, en algún momento, también pensaron en el porvenir y bienestar eterno de ellos y de sus seres queridos. El resto de sus osamentas, reunidas en comunión con la de los apretados vecinos, se unen en una mezcolanza digna de mención y democracia: visto cómo ha explotado la burbuja inmobiliaria, no están los ánimos para especular con el suelo, ni siquiera el santo.

Visitada como centro turístico de primera magnitud, los seres humanos celebramos así nuestra mortalidad dejando para el futuro lo que hemos hecho de nuestra vida, de manera que consigamos elevarlo a categoría de arte, como en Hallstatt, o a categoría de amor eterno, como en Por amor a Rosana.

Qué suerte ser humanos, no les quepa ninguna duda. Suerte que siempre nos quede el arte; suerte que siempre perviva el amor; y suerte que para recordar ambos en estado de gracia, nos quede encontrarnos a Asunción Balaguer en el metro de Madrid. Qué suerte, reitero, poder recordar lo inmenso que es vivir bajo el poder de lo imprevisible: la vida.

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