VickyCristinaBarcelonaDirección y guión: Woody Allen.
Países:
España y USA.
Año: 2008.
Duración: 96 min.
Género: Comedia.
Interpretación: Javier Bardem (Juan Antonio), Patricia Clarkson (Judy Nash), Penélope Cruz (María Elena), Kevin Dunn (Mark Nash), Rebecca Hall (Vicky), Scarlett Johansson (Cristina), Chris Messina (Doug), Zak Orth, Carrie Preston, Pablo Schreiber.
Producción: Letty Aronson, Stephen Tenenbaum y Gareth Wiley.
Fotografía: Javier Aguirresarobe.
Montaje: Alisa Lepselter.
Diseño de producción: Alain Bainée.
Vestuario: Sonia Grande.
Estreno en España: 19 Septiembre 2008

Que Vicky Cristina Barcelona no es una película cualquiera, no resulta ninguna novedad. Después de su periplo londinense, Allen descubrió que los encantos mediterráneo-cantábricos podían resultar tan atractivos, como lo habían sido en su momento el Carnegie Hall o el Lincoln Center. A fin de cuentas, intelectuales cultos y librepensadores se encuentran en cualquier lugar del mundo, en cualquier retiro del planeta. Atrás queda el jazz, la noche cayendo sobre el puente de Brooklyn o las conversaciones improvisadas en la cola de un cine vespertino, con un Marshall McLuhan dispuesto a disertar sobre la Galaxia Gutenberg en que la cultura de masas se ha ido convirtiendo. El actual Woody Allen es distinto. Y no es que los aires íberos hayan influido en su forma de concebir el universo, ni más faltaba, Allen es fiel a sí mismo y a sus creencias transfronterizas; la suya ha sido una revolución –lo que no implica necesariamente una evolución- en sentido categórico, una suerte de extreme make-over de su concepción fílmica, de su estilo, de su forma. Quizá en el contenido sea donde se muestra más devoto a su propia esencia: la suya es una carrera consolidada como para concederse esa clase de licencias. Sin embargo, en Vicky Cristina Barcelona, sí encontramos claves desemejantes a cualquier otra obra de su filmografía, hecho que sorprende y mucho, a quienes siempre hemos sido practicantes de la doctrina Allen. Unas claves que, por amplias, abarcan hasta el propio título de la cinta, un nombre abstracto, extenso y disparejo que no parece cuajar dentro de aquellos de los que hicieron gala películas arquetípicas como Todo lo que siempre quiso saber sobre sexo (y nunca se atrevió a preguntar) –largo pero con donaire erótico-, o Manhattan –conciso e informativo-. Como alegoría a una puerta hacia un mundo desconocido, en el que nada es como solía ser -tan propio de las novelas de C.S. Lewis-, esta Narnia de Allen nos presenta un mundo en el que también hay leones, brujas y algún que otro armario. En esta ocasión, el rimbombante título nos presenta a dos amigas, Vicky (Rebecca Hall) y Cristina (Scarlett Johansson), que deciden conocer a la tercera protagonista en discordia, Barcelona, en un viaje iniciático hacia un mundo de pulsiones elementales, de sensualidad –sexualidad- y desconocimiento. Vicky, joven prometida de un opulento empresario de Nueva York, viaja a Cataluña para indagar en la identidad catalana, temática sobre la que versa su tesis. De compañera de viaje se lleva a Cristina, bella y desinhibida artista polifacética (actriz, directora de cortometrajes y potencial fotógrafa), que no muestra reparos a la hora de socializar con la cultura española en general, y con sus intelectuales en particular. Fascinada por el magnetismo carnal de Juan Antonio (Javier Bardem) un pintor excéntrico y sugestivo, Cristina accederá a acompañar al artista a Asturias, arrastrando a una cada vez más atraída y descontrolada Vicky, quien empieza a dudar de su propia fidelidad. Compuesto el trío de ases de este juego amatorio, todo parecerá complicarse cuando María Elena (Penélope Cruz), ex mujer del pintor, regrese a su vida trastocando sus relaciones, y completando todo un póker voluptuoso de deseos, histeria y seducción.

Con inmejorables localizaciones en Barcelona, Oviedo y Avilés, esta calificable como “ópera prima” española de Woody Allen, hace alarde del inagotable ingenio del realizador neoyorkino, capaz de recrear una situación inverosímil de modo orgánico y aun natural, en donde las estridencias de una relación espinosa y puntiaguda parecen sobrellevarse con una franqueza desconcertante. Quizá a todo ello contribuye una atmósfera de albor, siempre ocre y resplandeciente –parecida tal vez a la de Septiembre-, nada comparable al cian de la Gran Manzana ni al ceniciento Londres, nublado y  plomizo. Ese cambio cromático, esa fotografía inigualable del a su vez inigualable Javier Aguirresarobe, puede ser, quién sabe, el toque de distinción que supone el paso a esta nueva era del cine de Allen. Sea lo que fuere, lo cierto es que la cinta propuesta no puede resultar en modo alguno indiferente, es más, cabría decir que la reacción ha de ser en efecto la contraria, ya que Vicky Cristina Barcelona es increíblemente fértil y ambivalente. Y lo es porque se presenta demasiado dúctil, toque de la casa Allen, con personajes que no pueden ser juzgados dentro de su extrañeza y disparidad, porque la honradez con la que se desenvuelven les otorga sentido dentro del propio sinsentido vital. Lo es, porque a pesar de que los españoles presentados en la cinta son arrolladoramente bellos y cultos -magnífico nuestro tándem-, no dejan de hacer alarde de un histerismo quizá magnificado por el propio estereotipo que rodea a la cultura española, del que ninguno somos responsables pero al que todos acudimos repetidamente –entonemos al unísono un sentido mea culpa-. Y es ambivalente porque aunque sea del realizador neoyorkino, el filme no puede ser analizado dentro de los parámetros propios del “género Allen”, ya que salvo su perfecta musa Johansson, todo lo demás resulta innovador y trasgresor. Y eso que antecedentes de cambio, ha habido y muchos: los hubo en Sombras y niebla, con su puesta de largo en el blanco y negro; los hubo en Celebrity, con el desfile de beldades y crítica social; los encontramos en Todos dicen I love you, con su incursión dinámica en el género musical; y los hubo en Todo lo demás, un filme distinto y sujeto al gusto del consumidor.

En resumen, toda una filmografía repleta de sorpresas variopintas que conforman una de las carreras más merecidamente laureadas del panorama internacional. Así las cosas, cabe preguntarse entonces, por qué Vicky Cristina Barcelona resulta tan extrañamente transgresora. Quién sabe. Quizá sea cierto lo que siempre se ha dicho, y resulte que, en realidad, Spain is different.

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