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Si hacemos un símil con la obra maestra del spaghetti western de Sergio Leone El bueno, el feo y el malo, sin duda alguna, a El Exorcista II El hereje (1977, John Boorman) le toca el papel de malo. Pero no malo en el sentido malvado y canalla que encarnaba Lee Van Cleef, sino en el sentido de malo de solemnidad. Afortunadamente fue la primera película de las tres en ser vista y su pésimo sabor de boca fue poco a poco disipado por las siguientes cintas ya que, de haber sido la última en visionar, temo que hubiera caído en una dura depresión.

Será mejor comenzar por lo poco bueno de la película para destacar algo antes de comenzar a repartir estopa. Y es que lo mejor de la cinta es precisamente lo que no hizo el director: la música. Tras el tono místico de la primera edición de Mike Oldfield, en esta ocasión se apostó por Ennio Morricone, una apuesta segura que, en la banda sonora del filme, aúna influencias de música étnica africana con tonos más espirituales, obteniendo como resultado una música en ocasiones inquietante, en ocasiones relajante, un perfecto cóctel elaborado por este reconocido experto en bandas sonoras. Pero, tras el caramelito, toca sacar de nuevo el látigo y es que a El Exorcista II le ocurre lo peor que le puede pasar a una película de terror: aburre. No sólo no asusta al espectador sino que le aburre, le sume en un letargo en el que toda la tensión que tenía la primera parte se ha diluido. Así, no es extraño que tengas la sensación de haber visto más de una hora de película y no saber aún hacia donde va la historia ni qué es lo que pretende darnos a entender el director en su trabajo. Para intentar contrarrestar este sopor, John Boorman tira de efectos especiales en el último cuarto de hora de metraje pero lo hace sin orden ni concierto. Si la primera edición de Friedkin se caracterizó por la mesura para que la historia no perdiera credibilidad, en la segunda parte Boorman saca todo su repertorio para intentar compensar la sosería del resto de la película, buscando asustar de modo postrero al espectador. Pero, sin una historia sólida detrás, los efectos especiales quedan como meros fuegos de artificio.

Quizá lo más realista de la película sea la sesión de hipnosis. Es cierto que puede parecer algo retro, que la luz estroboscópica parece el flash de Pachá Ibiza y que resulta increíble que alguien pueda caer hipnotizado por la lucecita, pero puedo dar fe de que es real. Al menos yo caí dormido en mi casa a la cuarta sesión de luz estroboscópica de la peli, aunque quien sabe si fue por la luz en sí misma o por el argumento del filme… ¿El argumento? Es cierto, olvidé comentarlo aunque, es tan flojo, que con dos líneas bastará. El Padre Lamont es enviado para investigar cómo fue la muerte del padre Merrin en el exorcismo de Regan. Al llegar, el sacerdote se da cuenta de que ese demonio que poseyó a Regan ha vuelto y aún sigue rondando a la joven, por lo que intenta librarla de él, cosa que esperamos que consiga para no tener que sufrir otra secuela igual o aún peor que esta…

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