Corría el año 1959 cuando Wilder disfrutaba con faldas y a lo loco, Nazarín encontraba a Buñuel, Fellini creaba una vida dulce, Hitchcock vivía con la muerte en los talones y una bella, la de Disney, no cejaba de ser durmiente. Mientras esto sucedía, en Francia un plano atípico de la Torre Eiffel se abría paso a través de una película iniciática, rodada por un joven crítico y terminal cinéfilo que un día decidió romper el sentido tradicional del cine a base de cuatrocientos golpes. Una película en blanco y negro pero no clásica; protagonizada por un niño, pero no infantil; y rodada en París pero no romántica. Con esta nouvelle vague y su arte sin corsés, sin artificios y sin restricciones, se daba por comenzado el cine entre bastidores, un cine de interés por las historias, por la emoción y los personajes; por fin se rodaba el mundo real sin luces y sin bohemia, un mundo en el que la Torre Eiffel sólo se ve de refilón y no se conoce el mar. François Truffaut nos presentaba un París en el que la intensidad emocional cobraba protagonismo y en el que los títulos de crédito se escriben al revés. Una película dedicada a André Bazin y que marcará un antes y un después en el cine de las generaciones venideras.

Imagen de Los cuatrocientos golpes (1959, François Truffaut), Producida por Les Films du Carrosse y Sédif Productions. Todos los derechos reservados. Distribuida en España por Cameo Media S.L.

Esto es lo que se hace con los niños malos
Un pupitre. Una revista erótica. Un plano secuencia y Antoine Doinel (Jean Pierre Léaud). El recreo no es un derecho, es una recompensa, dice el profesor a un alumno que ha sido pillado in fraganti con una publicación inadecuada. Todos los niños disfrutan su tiempo de ocio mientras Antoine aguarda en el aula: “aquí padeció el pobre Antoine Doinel, castigado injustamente por Don Cuadernillo, por una tía buena que llovió del cielo; eso es ojo por ojo, diente por diente”, escribirá en una pared cual Tomás Moro en la Torre de Londres, motivo por el cual será castigado en indicativo, condicional y subjuntivo, a escribir “estropeo las paredes de mi clase y maltrato la prosodia francesa”.

Y es aquí, en el fragor de la batalla escolar, donde empiezan sus problemas. Porque Doinel, con apenas trece años, vive una vida oscurecida. En su casa no queda calcetín alrededor del agujero, ni dinero para comprar ropa o sábanas, ni amor que dedicarle al niño. Tiene unos padres que no quieren, que no se quieren y que no le quieren. Su padre ni siquiera es su padre y su madre les engaña a los dos. Esta familia llena de incongruencias, de malos modos, de soledad y desamor, hace que Antoine se dedique al vagabundeo y al robo a pequeña escala; no acude al colegio, miente, se esconde en los matinales con su amigo René (Patrick Auffray) y se entrega al tabaco mientras corre por la ciudad.

Imagen de Los cuatrocientos golpes (1959, François Truffaut), Producida por Les Films du Carrosse y Sédif Productions. Todos los derechos reservados. Distribuida en España por Cameo Media S.L.

Aunque intenta cumplir el firme propósito de mejorar, poniéndole velas a Balzac y deleitándose con La Recherche de l´absolu (suya será la frase ¡Eureka, lo conseguí! –Eureka, j´ai trouvé!), su transcripción exacta del texto en un examen hace que le echen de clase y decida escaparse de casa definitivamente. Ni tan siquiera su amigo René conseguirá que Antoine se convierta en un hombre y sea libre. Al vano intento de libertad le seguirá el proverbial enfado de su padrastro, quien cogerá al niño y le llevará a la comisaría para que sea puesto bajo tutela del estado. Como si Alfred Hitchcock hubiera narrado sus memorias y con ellas su traumática experiencia en un calabozo a causa de su padre y el lema: “esto es lo que se hace con los niños malos”, este  castigo ejemplar lo padecerá Doinel por el mero hecho de existir cuando no tocaba. Antes de ser encerrado en un Centro de Observación para Menores y Delincuentes, pasará la noche en una celda rodeado de ladrones, prostitutas y unos policías que no entienden que entre rejas no hay un proscrito, sino un niño. En el furgón de camino al correccional, las luces de un París que a Antoine le es ajeno sólo inspiran en él una reposada frustración, una respuesta lagrimosa a su rabia interna. Pero Doinel aspiraba a más, a la independencia. Por eso huye de un lugar donde lo prohibido no es escaparse, sino que te pillen. Y así, cuando las fuerzas flaquean y ya no se puede más, el espíritu de Truffaut, el de Doinel, es el que se acelera más, el que consigue al fin su ansiada libertad.

La fuga de Antoine
Cuando uno es autor, y además personal, es difícil que en su obra no se trasluzcan trazas autobiográficas, recuerdos de un pasado que, en el mejor de los casos, fue un poco peor. Siempre es reconfortante ir hacia delante, aunque no se sepa a ciencia cierta lo que eso significa. El cine de François Truffaut, con todo lo insolente y trasgresor que resulta, deja siempre el poso amargo de una vida que funciona al margen del orden establecido, de alguien que busca algo que inefablemente no va a encontrar nunca. Por eso rodó Los cuatrocientos golpes, no sólo para hacer de un dicho francés un título con gracia, sino para demostrar hasta qué punto el ser humano es capaz de recuperarse después de una gran envestida. En este caso es la infancia, la del propio Truffaut, llena de sinsabores y tristezas; la de un niño con una madre emocionalmente fría y un padrastro débil e incoherente; un pequeño involucrado en un sistema educativo que prima la manufactura mental por encima de la lucidez y de una sociedad en la que el niño es el último eslabón de la cadena productiva. Pero ahí estaba la creatividad, la de un joven de dieciséis años capaz de escribir: “tres películas al día, tres libros por semana y discos de buena música bastarían para hacerme feliz hasta mi muerte”. Un niño culto y avispado que comenzó robando, siguió huyendo, continuó desertando y que acabó en el cine, un lugar al que arribó después de doloridos esfuerzos y de la ayuda de André Bazin, el gran crítico y teórico que dio pleno sentido al cine mundial y murió justo cuando surgía esa “nueva ola” que acuñó la periodista Françoise Giroud.

Imagen de Los cuatrocientos golpes (1959, François Truffaut), Producida por Les Films du Carrosse y Sédif Productions. Todos los derechos reservados. Distribuida en España por Cameo Media S.L.

 

Gracias a Bazin, quien actuó como un nuevo padre para Truffaut (y con él ya llevaba tres), el joven se inició en el mundo del cine, primero en la crítica, como sus compañeros Rivette, Chabrol, Rohmer o Godard, el ejército impertinente que iría contra el cinéma de qualité y al que tanto debe la historia del cine. Fueron ellos desde las páginas de Cahiers du Cinéma los que desempolvaron a Hitchcock, a Hawks, a Welles o a Ford, tan alejados de su estilo pero tan venerados por los directores de la nueva ola. También ellos rompieron una lanza a favor de Renoir, Tati u Ophüls. Será Max Ophüls, precisamente, quien admirará profundamente a Truffaut, afirmando envidiar alguno de sus títulos como Jules et Jim, película que Ophüls hubiera querido dirigir. De Truffaut  anhelaba la capacidad intelectual, el ingenio y el espíritu de supervivencia pese a la falta de medios: “aprendió a hacer películas viendo películas –dijo de él el realizador alemán- veía no sé cuántas a la semana, decenas. Y a fuerza de ver películas, asimilo sin nada de teoría la técnica de los grandes maestros”.

Y así, viendo y aprendiendo, llegó a un texto formalmente impecable, un boceto argumental que llamó La fuga de Antoine, y en el que explicaba en parte cómo fue su anómala infancia. En él incluyó todo personaje, todo detalle; las correrías con su amigo inmortalizado como René; también los sinsabores de una madre ausente y de un padre hastiado. Gracias a este argumento y los diálogos de Marcel Moussy, esta fuga de Antoine se convirtió en Les quatre cents coups que conocemos, todos ellos golpes de efecto en el orgullo de un cine dividido pero necesitado de una corriente de savia nueva. La película desagradó a su madre y también a su padrastro; complicó un poco más si cabe la ya de por sí deteriorada relación familiar. El público creyó encontrar en Doinel a Truffaut, aunque su historia fuera tan solo referencial y no autobiográfica.

Incluso el propio Jean Pierre Léaud, inmortal Doinel en la historia del cine, se sentía identificado con el personaje de Antoine, también él lastraba un bagaje triste y conflictivo, convirtiéndose no sólo en el alter ego del director, sino en el propio alter ego del niño. Como diría Truffaut años más tarde, Antoine Doinel está “bastante cerca de mí sin ser yo, bastante cerca de Jean Pierre Léaud sin ser Jean Pierre Léaud. El personaje de ficción Antoine Doinel es, pues, una mezcla de dos personajes reales, François Truffaut y Jean Pierre Léaud”. Con Léaud trabajaría el director en seis ocasiones más, no solo interpretando el mismo personaje (en el episodio “Antoine y Colette” de L´amour à vingt ans, en Baisers volés, en Domicile conjugal y en L´amour en fuite), sino también en otras películas como La noche americana.

Imagen de Los cuatrocientos golpes (1959, François Truffaut), Producida por Les Films du Carrosse y Sédif Productions. Todos los derechos reservados. Distribuida en España por Cameo Media S.L.

Sin embargo el binomio Doinel-Truffaut, ese personaje creado a retazos con timidez pero osadía, será el que funcione por encima de toda película y crítica, por encima de toda teoría cinematográfica y por encima de la propia vida del realizador, tan corta y de consecución tan temprana.

Nadie sabe qué hubiera podido escribir Truffaut de haber dispuesto de veinte, treinta años más, quizá un final redentor para Doinel; pero lo cierto es que ningún otro artista del distrito nueve de París, fue capaz de hacer retumbar los cimientos del cine desde sus propias entrañas. Al oficio de mirar le siguió el de intervenir y Truffaut, enemigo de los finales alegres y también de los tristes, decidió mirar a cámara y hacer pensar. Por eso marca tan intensa y personalmente esta película, porque pocos autores tienen el valor de hacer cine después de haber pasado una vida de cuatrocientos golpes.

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