«Es bella la vida. Tan larga.»

Ha pasado ya mucho tiempo desde que Emmanuelle Riva coprotagonizara junto a Eiji Okada Hiroshima mon amour (dirigida por Alain Resnais), que en 1959 estuvo nominada a la Palma de Oro en Cannes. Pero ha sido en el 2012 cuando, 53 años después, la nominación al fin se transformó en premio y Emmanuelle Riva, a los 86 años de edad, ha conseguido la Palma de Oro a la Mejor actriz. Pero, obviamente, ya no estamos hablando del clásico de la nouvelle vague sino de Amour, dirigida por Michael Haneke. La por ahora última película del cineasta alemán –que no se estrenará en España hasta enero del 2013-, director de otras películas como La cinta blanca (2009), Caché (2005) o La Pianista (2001), ha sido la gran vencedora del Festival de Cannes: Palma de Oro a la mejor película, director, actor y actriz. Pero, ¿qué tiene Amour para ser la favorita de la crítica y del público?

amour de haneke en todo es cine
Amour, 2012. Michael Haneke. Producida por Wega Film, Les Films du Losange, X-Filme Creative Pool, France 3 Cinéma, ARD Degeto Film, Westdeutscher Rundfunk (WDR), Bayerischer Rundfunk (BR).

Amour es, simplemente, una historia de amor, valga la redundancia. Y es que el breve título resume a la perfección los 127 minutos que dura el largometraje –los cuales no se hacen tediosos en ningún momento-. Anne (Emmanuelle Riva) y George (Jean-Louis Trintignant) son dos músicos octogenarios ya retirados que tienen una vida tranquila en su apartamento de París. Tienen una hija en común (interpretada por Isabelle Huppert) y una existencia relajada y apacible, hasta el día en que Anne sufre una grave parálisis. El fracaso de la operación que en teoría debería haber subsanado el problema sólo consigue agravar más las cosas, dejando a Anne semiparalizada y en silla de ruedas. A partir de este punto, la caída en picado es inevitable. Desde el momento en que su mujer queda discapacitada, Georges –magníficamente interpretado por el que en su día dio vida a uno de los protagonistas de la película Trois Couleurs: Rouge, de Kieslowski- se hace cargo de ella hasta el final. Con todo lo que ello implica.

Amour es una película tierna, cercana, que dispara y da en el blanco. Al contrario de lo que nos tiene acostumbrados Haneke, no se trata de un film frío y distante. Nos muestra un amor real, un amor que ya no entiende de pasión o de instintos propios de la juventud; habla del amor del verbo amar: de entregarse al otro, de hablarle cuando ya no entienda, de darle de comer cuando ya no tenga hambre, de ser sus ojos, ser el recuerdo de sus canciones, de, en fin, cogerle la mano cuando ya ni siquiera sepa pronunciar tu nombre.

amour de haneke en todo es cine
Amour, 2012. Michael Haneke. Producida por Wega Film, Les Films du Losange, X-Filme Creative Pool, France 3 Cinéma, ARD Degeto Film, Westdeutscher Rundfunk (WDR), Bayerischer Rundfunk (BR).

A nivel narrativo, Haneke se encuentra el nivel de los viejos maestros del cine como Yasujiro Ozu, manteniéndose inalterable en una sucesión de planos fijos que sólo dejan de serlo si es estrictamente necesario. Con una disposición estéticamente impecable de los elementos que configuran los planos, Amour es tanto a nivel técnico como argumental una verdadera genialidad. Y es que tanto las interpretaciones como el texto interpretado están dotados de una gran sensibilidad y cercanía, así como los numerosos primeros planos que nos permiten prácticamente adentrarnos en la escena, sentir la crudeza, el miedo, el cansancio de los personajes. Observar de cerca las arrugas y el desgaste del tiempo, que no sólo se ven reflejados en la piel. Pero no nos dejemos confundir: que se trate de una película cercana e incluso tierna -para lo que es Haneke- no quiere decir que se trate de una historia llevadera o agradable. No se trata de una simple película romántica; si antes de verla no lo imagina, con tan sólo ver el primer minuto uno ya sabe que no va a haber un final feliz. ¿Acaso, en la vida real, estas situaciones lo tienen? Amour retrata de manera fiel y precisa la certeza del ocaso de la vida y la vejez, el descenso a los infiernos una vez que se cruza el punto de no retorno. El tramo final de la película no puede denominarse de otro modo que no sea como maravilla. Sutil y delicado, los acontecimientos fluyen sin que nos demos cuenta, como si se tratara de una historia real que tiene lugar ante nuestros ojos. Haneke lo consigue: nos abruma, nos entristece y nos hace sentir un poco más vivos; quizá tan sólo sea por el hecho de dejarnos ver cómo un hombre se despide de lo que fue su vida mientras cruza el umbral de la puerta junto a un fantasma. El de su amor.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *