“Me llamo Lester Burnham. Este es mi barrio. Esta es mi calle. Esta es mi vida. Tengo 42 años.
En menos de un año habré muerto. Claro que eso no lo sé aún.
Y, en cierto modo, ya estoy muerto.”

American Beauty o dos horas de sátira, crueldad, morbo, ridículo, ironía. American Beauty o la crisis de fin de siglo. American Beauty o la vida. Su prólogo nos trae reminiscencias inevitables de un Sunset Boulevard en blanco y negro, y aunque en esta ocasión no haya un Joe Gillis flotando en una piscina, ya nos avisan de que al pobre Lester Burnham no le va a ir mucho mejor.

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Imagen de American Beauty, producida por DreamWorks SKG y Links/Cohen Company. © 2000 DeamWorks. Distribuida en España por Universal Pictures Spain. Todos los derechos reservados.

En este gran debut cinematográfico de Sam Mendes (Camino a la perdición, 2002; Revolutionary Road, 2008) se nos retrata a la prototípica familia feliz americana, formada Lester Burnham, su mujer, Carolyn, y su hija única Jane. La sombra del cine estadounidense de las últimas décadas es alargada, y no es necesario recordar la serie de clichés que conforman la idea que todos tenemos de la típica familia perfecta estadounidense. También resultará innecesario recordar la crisis de  valores que tuvo lugar a final de siglo y que se vio reflejada en numerosas películas de este periodo, todas ellas americanas: American History X (1998), Seven (1995), El club de la lucha (1999), Trainspotting (1996)… El factor común es sencillo de localizar: el ser humano se ha hundido en su propia miseria, ha creído que podía comprar la felicidad en un catálogo de muebles, que ir a la oficina cada día era un seguro de estabilidad y que preguntarse cada domingo quién era, a fin de cuentas, una rutina más.Kevin Spacey antes de esta película había protagonizado otras cintas como Sospechosos habituales (1995), L.A. Confidential (1997) o Medianoche en el jardín del bien y el mal (1997), además de haber dado vida al personaje que desencadena uno de los mejores desenlaces del cine de los 90 en la secuencia final de Seven (1995). Pero con American Beauty, como diría el otro, llegó el escándalo. Lester, el cabeza de familia protagonista de American Beauty, es consciente de su propia sordidez, y parece tenerlo más que asumido. Lo cual no evita que el hedor pútrido de la fachada de felicidad que tiene su vida le asquee y le vuelva irascible y apático. Carolyn, su mujer, agente inmobiliaria, se ha convertido en una arpía frígida. Su hija Jane, típica adolescente rara, odia a sus padres mientras no consigue encontrar su lugar en el mundo. Un lugar que, a poder ser, a su vez esté lo más alejado del mundo posible.

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Imagen de American Beauty, producida por DreamWorks SKG y Links/Cohen Company. © 2000 DeamWorks. Distribuida en España por Universal Pictures Spain. Todos los derechos reservados.

El punto de inflexión lo marca la aparición de la amiga de Jane, Angela Hayes (interpretada por Mena Suvari), una chica empeñada en emanar sensualidad y alejarse todo lo posible de la mediocridad. La belleza y la juventud se empañan de morbo en la mirada de Angela, que es consciente del deseo que despierta en Lester. Este cuarentón siente que vuelve a nacer tras cruzarse con Angela, y a partir de ese momento sólo podrá soñar con pétalos de rosas rojas. El siguiente punto de giro del guión que terminará de encauzar la historia será la llegada de los nuevos vecinos de los Burnham, los Fitts. La sabiduría popular a veces da en el clavo, y es que si hay algo que es cierto sin lugar a dudas, es que en todos sitios cuecen habas. La nueva familia que llega al vecindario está formada también por un matrimonio y un hijo único, Ricky Fitts, que se enamorará –y será correspondido- de Jane Burnham. Sus padres son una peculiar pareja formada por una madre totalmente ausente mentalmente y un estricto padre conservador y ex-marine que demostrará al final del filme, como afirma Ricky en un momento de la película, que no hay que subestimar nunca el poder de la negación. Ricky resulta ser otro rara avis adolescente y problemático que, seguramente gracias a sus peculiaridades, nos ha permitido contemplar una de las escenas más hipnóticas del cine de los últimos años. ¿Es que alguien no recuerda la escena de la bolsa? La sucesión de acontecimientos que se desencadenan después de la resurrección de Lester resultan tan imprevisibles como ácidos. El personaje de Kevin Spacey, tras extorsionar a su jefe de personal, deja su empleo y comienza a trabajar en una cadena de comida rápida, eximiéndose de cualquier tipo de responsabilidad. Compra el coche con el que siempre ha soñado, hace ejercicio y se relaja fumando marihuana. Lester Burnham, en la recta final de la película, consigue estar mejor que nunca. Ha dejado atrás el vacío que hacía que su día sólo pudiera ir a peor tras la primera ducha del día. Ha aceptado sonriente que su mujer le engaña, ha superado el miedo a no estar viviendo.  Sonríe satisfecho y respira con holgura. Lamentablemente, la felicidad no le dura demasiado. La brevedad escribiendo nunca ha sido mi fuerte y eso es innegable. Les dejo con la frase del bueno de Lester: Es genial comprobar que todavía tienes la capacidad de sorprenderte a ti mismo. No lo duden: sorpréndanse a sí mismos. La vida está llena de variables incontrolables, de pasiones reprimidas, de sueños frustrados, de rutinas, de errores. De pétalos de rosa. Ya saben, acarícienlos sin dudarlo. No hay forma de saber cuándo apretarán el gatillo contra su sien, ni tampoco de saber quién será el que lo haga.

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